Archivos del mes: 30 mayo 2013

Ser o estar, esa es la cuestión

Como sabéis, la gran novedad de este año, gracias a la generosidad de los ponentes y a una subvención del Vicerrectorado de Política Académica de la Universidad de Zaragoza, es que algunas de las charlas de Zaragoza Lingüística han sido grabadas y las podemos poner a vuestra disposición. En la entrada de hoy os dejo el primero de los vídeos que grabamos, que corresponde a la charla de la Dra. Silvia Gumiel Molina, titulada “Ser o estar, esa es la cuestión”.

Que la disfrutéis.

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Cuatro cosas sobre la revitalización del aragonés

 

Varietats_lingüístiques_de_l'AragóEn uno de los comentarios a mi anterior post sobre el catalán de Aragón, Marco Antonio Joven (MAJ) me pide que me “moje” sobre el aragonés, en concreto acerca del debatido asunto de la creación de una norma estándar común para los diversos dialectos aragoneses supervivientes en el alto Aragón. En mi respuesta a su comentario le indicaba que ya me había pronunciado públicamente al respecto y, además del enlace al texto, ofrecía muy sintéticamente una visión de cuáles son las principales diferencias entre los dos lenguas (aragonés y catalán) que, en mi opinión, justifican un abordaje distinto en cada caso. MAJ responde prolija y documentadamente con datos y observaciones que pretenden quitar peso a las razones aducidas y, a la vez, apoyar la creación de una norma estándar aragonesa. La presente entrada pretende contestar a dicho comentario y -con la brevedad e informalidad propia de este género- exponer las razones por las que creo que la creación de una koiné aragonesa es una tarea poco viable y, por tanto, innecesaria.

Nótese bien que he escrito poco viable e innecesaria, no imposible. Por supuesto que es posible crear una norma común aragonesa. Hay, de hecho, varias en el mercado, solo hay que buscar un poco. El problema es que los hablantes nativos que quedan de los diversos dialectos aragoneses no las usan, o lo hacen muy minoritariamente. Mi impresión (siento no tener datos objetivos y estoy dispuesto a rectificar si alguien me los presenta) es que esas koinés, en las que se escriben páginas web, revistas, carteles, programas informáticos y no poca literatura de creación, son usadas mayoritariamente por hablantes nativos monolingües del español -muchos de ellos de procedencia urbana-, entusiastas de su tierra y del aragonés. ¿Hay algo de malo en ello? Por supuesto que no, pero creo que se puede opinar que la creación y fomento de una koiné para uso preferente de neohablantes bienintencionados no debería ser un objetivo político y presupuestario prioritario de nuestra comunidad. Se suele acusar de imperialista del español (o simplemente de facha) al que piensa así, lo que me da risa, por no decir ganas de llorar.

Ciertamente, la normalización y la creación de una variante estándar es una poderosa herramienta para la preservación de lenguas minorizadas, desprestigiadas o recluidas al ámbito familiar. Señala MAJ en su extenso comentario que “para su supervivencia […] el aragonés debe tener la misma presencia (sino más, dentro de un plan de discriminación positiva, tal y como se aplicó en su día con el francés en Quebec) que el español en aquellas zonas en las que se habla tal lengua, y los cimientos para ello son la educación, los medios de comunicación y la administración”. Que el aragonés normalizado tenga la misma o más presencia que el español en esos ámbitos es una pretensión quizá ilusionante, pero ilusoria. Si eso es un requisito para la preservación, la batalla está perdida de antemano.

Insisten siempre los partidarios de esta estrategia en la comparación con otros casos, como el francés québécois de la cita. Pero no hay comparación posible. Cuando tratamos de la realidad y no de modelos teóricos, las escalas son importantes. En Quebec hay 8 millones de hablantes nativos de una lengua de la dimensión cultural y mediática del francés, mientras que en el alto Aragón hay, como mucho, unos pocos miles de hablantes nativos (aceptemos la cifra de 11.000, que me parece inaceptable) que usan variantes aragonesas en un ámbito esencialmente doméstico y local.

Ante la acusación que solemos hacer los detractores de la koiné aragonesa de que esta es una mezcla arbitraria y artificial de soluciones de las diversas variantes (que lo es), los partidarios suelen aducir, también con razón, que las normas estándar de las lenguas son siempre artificiales. Pero hay matices importantes. La creación de una norma estándar no siempre es tan artificial como da a entender mi comentarista. Lo normal, históricamente, es que sea un proceso natural de expansión de una variante sobre las demás por la pujanza política, cultural o económica de sus hablantes (así sucedió con el dialecto castellano en el español, con el dialecto oriental en el catalán, con el dialecto de Tokio en el japonés, con el toscano en el italiano o con el dialecto de la Isla de Francia en el francés, por mencionar casos bien conocidos). Una vez que una variante ha adquirido prestigio sobre las demás, normalmente eliminándolas, se emplea como modelo para la normalización y regulación (para que se me entienda mejor: la norma culta castellana es muy anterior a la fundación de la Real Academia Española que supuestamente la limpia, la fija y le da esplendor). Por supuesto que esas normas cultas estándar, como todas las normas lingüísticas, son artificiosas y no naturales, y nadie las tiene como idiolecto materno, sino que se aprenden con instrucción y práctica, y se acaban dominando o no, algo que no sucede con la lengua natural que todos hablamos por instinto.

Cuando este proceso de establecimiento de una norma común no sucede espontáneamente (como en el caso del aragonés), una actuación de política lingüística puede acelerar el proceso e implementar una norma común confeccionada ad hoc: tal es el caso cercano y bien conocido del euskera batúa. Pero de nuevo la comparación, aparentemente más atinada, hace aguas, en lo sociopolítico y en lo lingüístico. Políticamente no hay ninguna duda de que el pueblo vasco es mucho más nacionalista e independentista que el aragonés. Por tanto, es lógico -dentro de la lógica nacionalista- que el español no pueda servir como norma estándar para los hablantes de los dialectos vascos (al menos oficialmente), dado que desde el punto de vista nacionalista una lengua propia no es solo un legado cultural, sino también un factor de diferenciación del resto. Pero no estábamos hablando de nacionalismo aragonés, creo, sino de preservación de lenguas. Es lícito opinar que, puestos a perder la variedad propia, es mejor hacerlo a favor del aragonés normalizado que del español, pero no es menos lícito pensar que esa es una opinión razonable solo desde un cierto punto de vista nacionalista, además de poco realista. Desde el punto de vista lingüístico, la situación también es incomparable. El vasco es una lengua no indoeuropea, radicalmente diferente del español. Demasiado distinta del español como para que éste pueda servir de norma culta respecto de aquel.

Sin embargo, las variedades aragonesas son muy parecidas al español. Tantos siglos de influencia han hecho que, especialmente en los últimos cien años, las variedades lingüísticas aragonesas se hayan literalmente impregnado de español. MAJ se esfuerza en mostrar que los diversos dialectos aragoneses no son tan distintos entre sí como yo daba a entender. Pues bien, todo lo que se diga para argumentar que los distintos dialectos aragoneses son muy parecidos entre sí se puede decir para argumentar que también se parecen mucho al español (porque los hablantes, a diferencia de los expertos, no son sensibles a la filiación genética de las formas lingüísticas). De hecho, podría argumentarse que en términos estrictamente sincrónicos muchos de los que los más optimistas consideran hablantes de alguna variedad del aragonés, son en realidad hablantes de una variedad de español trufado de rasgos aragoneses. Esa es la cruda realidad. Aunque en términos filogenéticos las variantes aragonesas que perduran no son dialectos del español, sino ramas paralelas del tronco común proto-romance, técnicamente se han convertido en variantes aragonesas de un sistema complejo en el que el español funciona como la norma común. Lo que ahora llamamos español ha funcionado como norma estándar para los hablantes patrimoniales del aragonés desde al menos el siglo XV, no solo para tratar con los extranjeros, sino con los propios aragoneses y sus instituciones. No he leído ningún argumento sólido de por qué debería dejar de serlo, ni soy capaz de imaginar ningún escenario en el que eso fuera medianamente factible.

Y aquí está la clave de la discrepancia que nos ocupa, en el diagnóstico de la situación lingüística actual del aragonés. Debe tenerse muy presente que el diagnóstico (en ambos bandos) es necesariamente incompleto y subjetivo, puesto que, aunque parezca mentira, carecemos de un estudio riguroso y contrastado empíricamente de cuántos hablantes nativos hay en realidad. De hecho, hay controversia sobre si habría que entrevistar a la población aleatoriamente o si habría que seleccionar la muestra (como en los estudios dialectales), o sobre qué cuenta como hablante nativo del aragonés (por ejemplo si lo entiende y no lo habla), lo que dice mucho de cómo están las cosas.

Normalmente, el tratamiento varía en función del diagnóstico, y quizá eso explique por qué no hay acuerdo entre los especialistas en el asunto que nos ocupa. Yo soy de la opinión de que la interposición de una norma común aragonesa entre las variantes existentes penosamente conservadas y la norma común actual (el español que estamos leyendo) no disminuirá el uso de la última y acelerará el declive de las primeras. Mi sensación es que en los núcleos de hablantes nativos no hay una demanda real de esa koiné, sino de respeto y apoyo a sus lenguas propias. Por ello siempre he defendido que el esfuerzo social y político debería estar en proteger y estimular la transmisión tradicional de esas lenguas naturales (donde realmente se hablan) y prestigiar y fomentar su uso en el ámbito local. Un factor crucial en esa tarea es el esfuerzo en mantener la población en su lugar de origen, estimulando el desarrollo de la economía rural y agrícola frente a la urbana y evitando así la diáspora de las nuevas generaciones.

Creo que un menor esfuerzo económico y legislativo podría ser mucho más rentable con esa estrategia, lo que no descartaría que, si los hablantes nativos así lo fueran demandando, se abordara una unificación normativa más ambiciosa. Lo que hace falta previamente a la ansiada codificación y proyección institucional y mediática de la koiné aragonesa es que haya hablantes nativos que la demanden y la creen. No se puede poner primero la lengua y después los hablantes. Bueno, se puede (como en el caso del batúa), pero no es de lo que estamos hablando. Ahí ya entramos directamente en otro tipo de acción política, lícita, pero diferente. No nos confundamos.

La importancia de llamarse catalán: lingüística y política a propósito de una decisión equivocada

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La aprobación de la nueva versión de la Ley de Lenguas de Aragón ha tenido una notable repercusión en los medios y en las redes sociales, fundamentalmente por su decisión de referirse al catalán de Aragón como la lengua aragonesa propia del área oriental (LAPAO), esto es, de escamotear el término catalán en la denominación de lo que se habla en dicha área.

A mí, personalmente, no me ha sorprendido ni la decisión de las Cortes de Aragón (apoyada por la derecha política, el PP y el PAR) ni, por supuesto, la airada reacción en contra de las restantes fuerzas políticas aragonesas (más o menos de izquierdas). Tampoco me ha sorprendido, de hecho la comparto, la desaprobación de cuantos lingüistas profesionales se han pronunciado al respecto. Pero lo que menos me ha sorprendido es la también airada reacción de los nacionalistas catalanes, que han visto en ello un ataque a la unidad de su lengua (quizá muchos de los que ahora se rasgan las vestiduras deberían revisar sus críticas al “imperialismo” del Instituto Cervantes o de la Real Academia Española en lo que respecta a la unidad de la lengua española).

En esta breve reflexión me gustaría intentar separar (en la medida en que ello sea posible) la ideología política de la lingüística, para intentar comprender mejor qué hay detrás de cada una de esas reacciones.

Pero primero unos hechos básicos para centrar la discusión. Todos los seres humanos hablamos nuestro propio idiolecto. Cuando los idiolectos de varias personas son muy similares, decimos que hablan el mismo dialecto (o la misma variedad). Cuando los dialectos de varios grupos son muy similares, decimos que hablan la misma lengua. Nadie habla una lengua directamente, sino (simplificando) un idiolecto que pertenece a un dialecto que pertenece a una lengua. Los dialectos son grupos de idiolectos similares y las lenguas son grupos de dialectos similares. No hay más misterio. A nadie se le ocurre poner un nombre a los idiolectos (necesitaríamos al menos tantos nombres como personas), pero sí es útil poner nombre a los dialectos y a las lenguas, al menos desde que el primer grupo de humanos se encontró con otro que hablaba diferente.

El criterio lingüístico para determinar si dos dialectos forman parte de la misma lengua o de dos lenguas distintas se basa esencialmente en el grado de semejanza y en el origen histórico (que suele ser la fuente de la semejanza, aunque no exclusivamente). Empleando con los estándares habituales el criterio de la semejanza (fonética, léxica y morfosintáctica) y el del origen histórico, no cabe ninguna duda de que lo que se habla, junto con el español, en el área oriental de Aragón es un dialecto (o más de uno) del catalán, de la misma manera que, usando los mismos criterios, cabe decir que lo que se habla en México, Colombia y Argentina (hecha excepción de las lenguas amerindias) son dialectos del español. Quien piense que la LAPAO no es un miembro del grupo dialectal catalán debería revisar su definición de qué es la lengua española, incluso dentro de la península.

Por su parte, los criterios históricos para denominar las lenguas y dialectos son variados y prolijos de repasar, pero en general se ha impuesto (en Europa al menos) el criterio territorial, de manera que se denomina a la lengua y al dialecto en función del territorio en el que viven (o del que proceden) las personas que los hablan (castellano de Castilla, catalán de Cataluña, italiano de Italia, piamontés del Piamonte, etc.).

El problema, claro, es que las fronteras entre lenguas y entre territorios no necesariamente coinciden: las fronteras entre lenguas son difusas y continuas, mientras que las fronteras políticas son precisas y arbitrarias, como las líneas sobre un mapa. Esto normalmente se resuelve ignorando la inexactitud geográfica a favor de la semejanza idiomática, de manera que hablamos del inglés en EEUU, del español en Colombia o del francés en Quebec (aunque sabemos que son dialectos en ocasiones muy diferentes de los del territorio de origen). No ha sido así en el caso de la nueva ley de lenguas aprobada por las Cortes aragonesas, que ha privilegiado el criterio territorial sobre el lingüístico: no lo llamamos catalán porque esto no es Cataluña, sino Aragón. No se pudo usar la misma estrategia de la Comunidad Valenciana (donde llaman oficialmente valencià a su dialecto del catalán) porque en Aragón también hay aragonés (variedad que filogenéticamente no pertenece ni al español ni al catalán). Pero el objetivo es el mismo: proyectar una frontera política sobre una realidad lingüística, como si pudiera haber corzos españoles y corzos franceses en el Pirineo.

¿Por qué los partidos de derechas aragoneses (y por qué muchos de los hablantes del catalán de Aragón) no quieren denominar catalán a este dialecto?

Para mí es evidente que la razón no es que crean realmente que esos dialectos no son catalanes (aunque algunos afirman creerlo), sino por una mezcla (variable en su composición) de nacionalismo aragonés, nacionalismo español y oposición al nacionalismo catalán. Esto es un conflicto de nacionalismos, no un conflicto científico sobre la filiación genética de una lengua. Los nacionalistas catalanes, que suelen incluir los territorios orientales de Aragón en sus mapas de los països catalans (asumiendo que donde se habla catalán es Cataluña), no han ayudado mucho en esto, desde luego, especialmente desde que el catalanismo se ha hecho activamente independentista.

¿Y por qué los partidos de la izquierda (incluyendo los nacionalistas aragoneses de CHA) consideran que se debe usar el criterio lingüístico y no el territorial para la denominación? Una posible respuesta es que las personas de izquierdas son más sensibles a la opinión de los expertos en clasificación genética de las lenguas que las personas de derechas, pero es poco probable que la opinión que uno tenga de la sanidad pública o privada, del libre comercio o del nivel impositivo ideal se correlacione con la capacidad de juicio racional, lo que pone de manifiesto que el criterio científico en realidad es irrelevante para unos y para otros (si te viene bien lo usas, y si no, lo ignoras). Y es lógico que así sea, puesto que en realidad la denominación científica de una lengua, aunque suela coincidir con la denominación común, es independiente de la legislación y de las denominaciones de las lenguas propuestas por los gobiernos u otras entidades administrativas (y hasta por los hablantes). Así, por mucho que la nueva ley recién aprobada escamotee el término catalán en la denominación de la lengua hablada en el área oriental de Aragón, los lingüistas la seguirán tratando a efectos de investigación y descripción como un dialecto del catalán -que es lo que es- y sus hablantes seguirán hablando dialectos catalanes, aunque sean propios de Aragón.

Es posible que si el catalán (como suma de dialectos catalanes), en lugar de catalán, se denominara, pongamos por caso, iberorromance oriental-1 nadie objetaría que al catalán de Aragón se lo denominara iberorromance oriental-1.7, pero las cosas no son así, porque las lenguas no son animales o vegetales, sino sistemas de conocimiento y de comunicación que se insertan en la identidad de las personas. Imaginemos que una administración acuerda que su variedad local de oveja no pertenece a la especie de las ovejas (Ovis orientalis) y se inventa un nombre para una nueva especie (p.e. Ovis Villabajensis). Eso es lo que ha hecho el gobierno de Aragón. El problema es que la ocurrencia con la oveja no tiene mayor repercusión que la hilaridad de los taxónomos, mientras que la ocurrencia con la lengua, a la hilaridad de los lingüistas, suma una posible afección a la vida de los hablantes. Éstos, por cierto, parecen bastante divididos al respecto, algo irrelevante para el lingüista (sería como preguntarle a la oveja a qué especie pertenece), pero que debería ser necesariamente relevante para los políticos. ¿Lo ha sido?

Los nombres de las lenguas y sus consecuencias

El pasado mes de marzo nuestro compañero, el Dr. Javier Giralt, nos dio una charla sobre la importancia de llamar a las lenguas por su nombre. Puede parecer una obviedad que sustraerle a una lengua su denominación no es gratis, pero no todos parecen ser conscientes de ello. Si la lengua pasa a llamarse de otro modo, ya no existe información sobre ella: ni gramáticas, ni métodos de estudio, ni nada. Empezamos de cero, mientras ella se muere.

Tras los últimos acontecimientos en nuestra comunidad, parece más necesario que nunca firmar el siguiente manifiesto que muchos apoyamos hace unos meses, cuando se derogó la anterior ley de lenguas. Derogación que se produjo, por cierto, antes, siquiera, de que llegara a aplicarse en su totalidad.

Si estáis de acuerdo con este manifiesto, al final de este post encontraréis el enlace para suscribirlo. También os añado el enlace a una colaboración en el Heraldo de hoy de nuestro compañero José Luis Aliaga sobre este mismo tema.

Manifiesto de la comunidad científica internacional a favor del reconocimiento y dignificación de las lenguas minoritarias de Aragón

Es como un pájaro que pierde las plumas. Ves pasar una de ellas arrastrada por el viento, y adiós: otra palabra que se ha ido.
Johnny Hill, Jr., de Parker, Arizona, uno de los últimos hablantes de “chemehuevi”

Cada dos semanas muere una lengua. Es posible que a finales de siglo hayan desaparecido casi la mitad de las cerca de 7.000 lenguas que se hablan hoy en el mundo, a medida que las comunidades abandonan sus lenguas vernáculas en favor de las mayoritarias.

En el Atlas de las lenguas en peligro del mundo de la Unesco (2010) se incluye el aragonés como una de las que se encuentran en esta situación, posiblemente una de las lenguas de la Unión Europea que presenta peor futuro para su conservación. Por su parte el catalán hablado en Aragón sufre un franco retroceso y castellanización al no disponer de instrumentos adecuados para su normalización.

En total unas 100.000 personas (un 7% de la población total de Aragón) hablan una de estas dos lenguas minoritarias, un patrimonio inmaterial de toda la humanidad de cuya conservación todos, y especialmente los gobiernos, somos responsables.

En 2009 las Cortes de Aragón aprobaron una ley de uso, protección y promoción que reconocía la existencia tanto del aragonés como del catalán y garantizaba el aprendizaje (voluntario) en la enseñanza reglada y determinados derechos de los hablantes, entre ellos el de dirigirse y ser contestados por la Administración (en determinados casos) en sus respectivas lenguas. Esta ley nunca ha llegado a ser aplicada.

El actual Gobierno de Aragón, desoyendo la normativa internacional (Declaración Universal de los Derechos Humanos, Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, Carta Europea de las Lenguas Regionales o Minoritarias…), estatal (Constitución española de 1978) y el propio Estatuto de Autonomía pretende, derogando la ley de 2009, aprobar una norma que niega la existencia tanto del aragonés como del catalán y condena a estas dos lenguas (ambas con un importante legado literario y con un interesante presente creativo) a la invisibilidad y a medio plazo a su desaparición.

Por ello, los firmantes de este manifiesto, miembros de la comunidad científica, muestran su apoyo al reconocimiento expreso del aragonés y el catalán hablado en Aragón, así como de los derechos de sus hablantes, para un desarrollo público normal de ambas lenguas, en aplicación de la legalidad internacional en esta materia y en igualdad de condiciones con el resto de las lenguas de España, Europa y el mundo.

El enlace de nuestro compañero el Dr. Aliaga en el Heraldo: http://prensa.unizar.es/noticias/1305/130522_z0_tribuna.pdf

Un curso para recordar

El 8 de mayo, con la fantástica charla de Antonio Benítez Burraco, terminó el curso 2012-2013 en ZL. Ha sido el quinto curso académico con seminario. Un año lleno de actividades y de cambios que hoy, si me permitís, me apetece recordar.

Comenzamos el curso de una forma atípica, invitando a nuestro foro por primera vez a un ingeniero y descubriendo, con él, que los lingüistas podemos ser útiles en el mundo de la tecnología. Ha sido un curso en el que hemos reflexionado sobre los límites del lenguaje verbal, tanto en el ámbito comunicativo,  donde vimos cómo el lenguaje verbal se complementa con el denominado “lenguaje no verbal”, como en el ámbito filogenético, tratando de hallar el origen y la evolución de nuestra capacidad lingüística y su relación con lo que saben hacer otras especies. Hemos reflexionado dos veces sobre el trabajo de profesor de lenguas extranjeras, hemos entrado en el ámbito más técnico, hablando de la entonación o de la distribución de ser y estar en español. Hemos llamado a las lenguas por su nombre y hemos visto lo que ocurre cuando las lenguas conviven en un único territorio. Hemos viajado dos veces sin salir de nuestra vieja facultad: la primera a África, disfrutando con uno de los sistemas morfológicos más complejos y la segunda a Dinamarca, comprobando, entre otras muchas cosas, cómo la entonación puede ser capaz de formar oraciones estativas.

Ha habido varios cambios en estos meses. Y es que este año la sala de Juntas se nos quedó pequeña. Reconozco que soy un poco testaruda y me resistí todo lo que pude a cambiar nuestro lugar de reunión. Pero vosotros abarrotabais la sala, os sentabais en el suelo, algunos bloqueabais las puertas, al sentaros en aquellas sillas  y otros os quedabais fuera, sin poder entrar. Ver todo eso al final me convenció y empezamos a buscar salas más grandes donde cupiéramos todos.  Además, este año, gracias a una subvención del Vicerrectorado de Política Académica, las charlas de ZL se han comenzado a llenar de cables. Los compañeros del Semeta nos han acompañado en cuatro de las charlas y gracias a esto, en breve podremos ofreceros estas sesiones online.

Ahora llegan los exámenes y nuestras actividades se detienen hasta septiembre. Quiero dar las gracias desde aquí y en nombre de todo el grupo a los ponentes que han compartido generosamente con nosotros su talento, su conocimiento, su simpatía y su tiempo. Ha sido un auténtico placer teneros en casa. Hemos aprendido mucho y hemos disfrutado más. Gracias también a todos los que nos habéis acompañado en cada sesión; a los que me habéis obligado a cambiar de aula; a los que me escribís correos cuando no podéis venir a una de las charlas. Como siempre dice Pepe, ZL tiene sentido mientras vosotros se lo deis. Gracias a los compañeros del Semeta, por su profesionalidad y por su trato. Gracias a los compañeros que nos ayudáis diciendo siempre que sí a nuestras peticiones y sugiriéndonos actividades.

Estos meses seguiremos por el blog, hablando de lenguas, del lenguaje y de la lingüística. Pero como no va a haber más sesiones presenciales de ZL hasta septiembre, os deseo desde aquí un buen final de curso y un muy feliz verano. Descansad y volved con fuerzas renovadas. Os necesito a todos en septiembre. Prometo reservar un aula bien grande para que quepamos todos dentro.

Meramente humanos

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La sesión final de curso de Zaragoza Lingüística fue un éxito rotundo de participación y de calidad, en este caso gracias al ponente. El biolingüista (sensu stricto) Antonio Benítez Burraco expuso en unos densos pero apasionantes noventa minutos las claves esenciales para entender el problema de la evolución del lenguaje humano, así como las más prometedoras hipótesis actuales para resolverlo.

Hasta no hace tanto, el asunto de la evolución del lenguaje en la especie humana no se consideraba objeto de investigación científica, dado lo infalsable y especulativo de las muchas teorías formuladas al respecto. Es bien sabido que incluso la Société Linguistique de Paris, una institución puntera en la lingüística del siglo XIX, acordó expresamente en 1866 no aceptar comunicaciones sobre el entonces denominado problema del origen del lenguaje.

Hay muchas opiniones sobre por qué eso ha cambiado en los últimos decenios. La mía, en absoluto original, es que hoy en día asistimos a un abordaje auténticamente científico al problema porque se ha producido la necesaria conexión entre las dos disciplinas llamadas a iluminar ese ámbito oscuro de nuestro pasado como especie: la biología y la lingüística. Grosso modo, la biología es la ciencia que estudia la estructura, el desarrollo y la evolución de los órganos y organismos, mientras que la lingüística es la ciencia que estudia la estructura, el desarrollo y la evolución de las lenguas humanas. La lingüística reciente, heredera de la tradición del estudio del lenguaje como un objeto natural inaugurada por Noam Chomsky, está empezando a proporcionar una concepción de la facultad humana del lenguaje que tiene sentido para los estudiosos de la anatomía y fisiología del cerebro, de su desarrollo y de su evolución en la especie.

Una clave esencial de esa nueva concepción del lenguaje humano (aparte, por supuesto, de las teorías explícitas y empíricas sobre sus propiedades formales y estructurales) es la disociación entre, de una parte, la estructura del lenguaje y, de otra, la función o funciones para las que el lenguaje puede usarse.

Como se encargó de explicar con solvencia nuestro ponente, las dos claves para una posible explicación de la evolución del lenguaje (los dos focos de luz que despejarán las sombras que velan ese evento del pasado) son, de una parte, el determinar correctamente qué es exactamente lo que evoluciona y, de otra, entender adecuadamente cómo evolucionan las cosas que evolucionan.

Así, un obstáculo serio a un tratamiento adecuado del problema era precisamente el empeño de los investigadores en intentar establecer una historia evolutiva de los sistemas de comunicación. Pero la comunicación es un comportamiento, un uso que se hace de ciertos sistemas. Y los comportamientos no evolucionan. Lo que evoluciona son las estructuras, los tejidos y los órganos que, en su caso, se usan para ciertos fines. Decía el gran paleontólogo y divulgador Stephen J. Gould que un problema serio de su profesión era la falsa inferencia entre la forma y la función, un problema que también ha viciado seriamente nuestra disciplina.

El segundo haz de luz que Antonio Benítez proyectó apuntó directamente a la idea, adecuada pero incompleta, de que la evolución procede por ‘descenso con modificación’. En el caso de la evolución del lenguaje esta asunción simplificadora nos obligaba a concebir la evolución del lenguaje como un paulatino mejoramiento de sistemas anteriores, en contra de la evidencia notoria de que entre el lenguaje de los humanos y el del resto de organismos, actuales o extintos, hay un salto cualitativo que casi obligaba a pensar en una macro-mutación milagrosa.

La adopción de modelos evolutivos más pluralistas, incluyendo la biología evolutiva del desarrollo, junto con la eliminación del protagonismo central y exclusivo de los genes y sus mutaciones en la explicación de los cambios evolutivos, ha abierto una puerta fascinante a la comprensión de cómo pudo surgir un sistema combinatorio complejo como el que subyace a los propiedades más significativas de las lenguas humanas y que las caracteriza como objeto natural.

Lo más impresionante de todo esto es que nos sitúa en nuestro lugar en el mundo biológico sin menoscabar o ignorar nuestra singularidad cognitiva. Nuestro lenguaje no es especial ni singular, no es innatural ni puramente cultural, sino que muy probablemente es el resultado de la reordenación e interconexión de elementos homólogos a los de otras especies.

Decía el biólogo estructuralista Stuart Kauffman que la vida no reside en ninguna propiedad concreta de ninguna molécula, sino que es una propiedad colectiva de sistemas de moléculas en interacción, de manera que la vida emergió como un todo y es el sistema colectivo es el que está vivo, no sus partes. Y lo mismo parece poder decirse del lenguaje humano: sus partes aisladas, compartidas con otras especies, no dan lugar al lenguaje, no son lenguaje, pero en un momento dado, al combinarse adecuadamente en nuestros cerebros, hacen emerger un sistema que nos hace humanos, meramente humanos, pero humanos.

Próxima actividad: mayo de 2013

El próximo 8 de mayo, miércoles, a las 18:00h, en el Aula Magna de la Facultad de Filosofía y Letras, el profesor Dr. Antonio Benítez Burraco (Universidad de Huelva) nos presentará la conferencia:

“¿Es el lenguaje (a pesar de todo) algo exclusivamente humano?. Algunas reflexiones a propósito de su continuidad (y discontinuidad) evolutiva”:

A primera vista, el lenguaje humano constituye un enigma evolutivo, toda vez que las restantes especies carecen de un sistema de representación y comunicación equivalente. El análisis de capacidades relacionadas con el lenguaje presentes en otras especies y especialmente, el examen del registro fósil han llevado a interpretaciones muy diversas (y en demasiados casos, contradictorias) de la posible trayectoria evolutiva del lenguaje y en último término, de las capacidades lingüísticas de otros homínidos. En esta conferencia se defenderá que la falta de una respuesta concluyente al problema puede deberse, ante todo, a un tratamiento biológicamente inapropiado de éste, centrado tradicionalmente en los aspectos funcionales (esto es, en una concepción del lenguaje como una herramienta de comunicación) y en la asunción de un único modelo evolutivo (el descenso con modificación), y no tanto a la falta de suficientes indicios comparados y fósiles. Cuando se reformula, en cambio, el locus evolutivo (que deben ser las estructuras biológicas y sobre todo, los dispositivos de computación cerebral) y se consideran además otros mecanismos evolutivos (en particular, los procesos de reorganización fenotípica que se sustentan en el carácter modular de los sistemas biológicos), los indicios tradicionales se vuelven más informativos y sobre todo, surgen otros nuevos que permiten concluir que el lenguaje es una innovación de nuestra especie. Esta circunstancia no excluye, sin embargo, que los diversos componentes que lo integran posean una significativa continuidad evolutiva, con homólogos en otras especies.

Esperamos que os resulte interesante nuestra oferta y que podáis acudir a esta cita que, como suele ser habitual en ZL, es de entrada libre y gratuita.