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Cuatro cosas sobre la revitalización del aragonés

 

Varietats_lingüístiques_de_l'AragóEn uno de los comentarios a mi anterior post sobre el catalán de Aragón, Marco Antonio Joven (MAJ) me pide que me “moje” sobre el aragonés, en concreto acerca del debatido asunto de la creación de una norma estándar común para los diversos dialectos aragoneses supervivientes en el alto Aragón. En mi respuesta a su comentario le indicaba que ya me había pronunciado públicamente al respecto y, además del enlace al texto, ofrecía muy sintéticamente una visión de cuáles son las principales diferencias entre los dos lenguas (aragonés y catalán) que, en mi opinión, justifican un abordaje distinto en cada caso. MAJ responde prolija y documentadamente con datos y observaciones que pretenden quitar peso a las razones aducidas y, a la vez, apoyar la creación de una norma estándar aragonesa. La presente entrada pretende contestar a dicho comentario y -con la brevedad e informalidad propia de este género- exponer las razones por las que creo que la creación de una koiné aragonesa es una tarea poco viable y, por tanto, innecesaria.

Nótese bien que he escrito poco viable e innecesaria, no imposible. Por supuesto que es posible crear una norma común aragonesa. Hay, de hecho, varias en el mercado, solo hay que buscar un poco. El problema es que los hablantes nativos que quedan de los diversos dialectos aragoneses no las usan, o lo hacen muy minoritariamente. Mi impresión (siento no tener datos objetivos y estoy dispuesto a rectificar si alguien me los presenta) es que esas koinés, en las que se escriben páginas web, revistas, carteles, programas informáticos y no poca literatura de creación, son usadas mayoritariamente por hablantes nativos monolingües del español -muchos de ellos de procedencia urbana-, entusiastas de su tierra y del aragonés. ¿Hay algo de malo en ello? Por supuesto que no, pero creo que se puede opinar que la creación y fomento de una koiné para uso preferente de neohablantes bienintencionados no debería ser un objetivo político y presupuestario prioritario de nuestra comunidad. Se suele acusar de imperialista del español (o simplemente de facha) al que piensa así, lo que me da risa, por no decir ganas de llorar.

Ciertamente, la normalización y la creación de una variante estándar es una poderosa herramienta para la preservación de lenguas minorizadas, desprestigiadas o recluidas al ámbito familiar. Señala MAJ en su extenso comentario que “para su supervivencia […] el aragonés debe tener la misma presencia (sino más, dentro de un plan de discriminación positiva, tal y como se aplicó en su día con el francés en Quebec) que el español en aquellas zonas en las que se habla tal lengua, y los cimientos para ello son la educación, los medios de comunicación y la administración”. Que el aragonés normalizado tenga la misma o más presencia que el español en esos ámbitos es una pretensión quizá ilusionante, pero ilusoria. Si eso es un requisito para la preservación, la batalla está perdida de antemano.

Insisten siempre los partidarios de esta estrategia en la comparación con otros casos, como el francés québécois de la cita. Pero no hay comparación posible. Cuando tratamos de la realidad y no de modelos teóricos, las escalas son importantes. En Quebec hay 8 millones de hablantes nativos de una lengua de la dimensión cultural y mediática del francés, mientras que en el alto Aragón hay, como mucho, unos pocos miles de hablantes nativos (aceptemos la cifra de 11.000, que me parece inaceptable) que usan variantes aragonesas en un ámbito esencialmente doméstico y local.

Ante la acusación que solemos hacer los detractores de la koiné aragonesa de que esta es una mezcla arbitraria y artificial de soluciones de las diversas variantes (que lo es), los partidarios suelen aducir, también con razón, que las normas estándar de las lenguas son siempre artificiales. Pero hay matices importantes. La creación de una norma estándar no siempre es tan artificial como da a entender mi comentarista. Lo normal, históricamente, es que sea un proceso natural de expansión de una variante sobre las demás por la pujanza política, cultural o económica de sus hablantes (así sucedió con el dialecto castellano en el español, con el dialecto oriental en el catalán, con el dialecto de Tokio en el japonés, con el toscano en el italiano o con el dialecto de la Isla de Francia en el francés, por mencionar casos bien conocidos). Una vez que una variante ha adquirido prestigio sobre las demás, normalmente eliminándolas, se emplea como modelo para la normalización y regulación (para que se me entienda mejor: la norma culta castellana es muy anterior a la fundación de la Real Academia Española que supuestamente la limpia, la fija y le da esplendor). Por supuesto que esas normas cultas estándar, como todas las normas lingüísticas, son artificiosas y no naturales, y nadie las tiene como idiolecto materno, sino que se aprenden con instrucción y práctica, y se acaban dominando o no, algo que no sucede con la lengua natural que todos hablamos por instinto.

Cuando este proceso de establecimiento de una norma común no sucede espontáneamente (como en el caso del aragonés), una actuación de política lingüística puede acelerar el proceso e implementar una norma común confeccionada ad hoc: tal es el caso cercano y bien conocido del euskera batúa. Pero de nuevo la comparación, aparentemente más atinada, hace aguas, en lo sociopolítico y en lo lingüístico. Políticamente no hay ninguna duda de que el pueblo vasco es mucho más nacionalista e independentista que el aragonés. Por tanto, es lógico -dentro de la lógica nacionalista- que el español no pueda servir como norma estándar para los hablantes de los dialectos vascos (al menos oficialmente), dado que desde el punto de vista nacionalista una lengua propia no es solo un legado cultural, sino también un factor de diferenciación del resto. Pero no estábamos hablando de nacionalismo aragonés, creo, sino de preservación de lenguas. Es lícito opinar que, puestos a perder la variedad propia, es mejor hacerlo a favor del aragonés normalizado que del español, pero no es menos lícito pensar que esa es una opinión razonable solo desde un cierto punto de vista nacionalista, además de poco realista. Desde el punto de vista lingüístico, la situación también es incomparable. El vasco es una lengua no indoeuropea, radicalmente diferente del español. Demasiado distinta del español como para que éste pueda servir de norma culta respecto de aquel.

Sin embargo, las variedades aragonesas son muy parecidas al español. Tantos siglos de influencia han hecho que, especialmente en los últimos cien años, las variedades lingüísticas aragonesas se hayan literalmente impregnado de español. MAJ se esfuerza en mostrar que los diversos dialectos aragoneses no son tan distintos entre sí como yo daba a entender. Pues bien, todo lo que se diga para argumentar que los distintos dialectos aragoneses son muy parecidos entre sí se puede decir para argumentar que también se parecen mucho al español (porque los hablantes, a diferencia de los expertos, no son sensibles a la filiación genética de las formas lingüísticas). De hecho, podría argumentarse que en términos estrictamente sincrónicos muchos de los que los más optimistas consideran hablantes de alguna variedad del aragonés, son en realidad hablantes de una variedad de español trufado de rasgos aragoneses. Esa es la cruda realidad. Aunque en términos filogenéticos las variantes aragonesas que perduran no son dialectos del español, sino ramas paralelas del tronco común proto-romance, técnicamente se han convertido en variantes aragonesas de un sistema complejo en el que el español funciona como la norma común. Lo que ahora llamamos español ha funcionado como norma estándar para los hablantes patrimoniales del aragonés desde al menos el siglo XV, no solo para tratar con los extranjeros, sino con los propios aragoneses y sus instituciones. No he leído ningún argumento sólido de por qué debería dejar de serlo, ni soy capaz de imaginar ningún escenario en el que eso fuera medianamente factible.

Y aquí está la clave de la discrepancia que nos ocupa, en el diagnóstico de la situación lingüística actual del aragonés. Debe tenerse muy presente que el diagnóstico (en ambos bandos) es necesariamente incompleto y subjetivo, puesto que, aunque parezca mentira, carecemos de un estudio riguroso y contrastado empíricamente de cuántos hablantes nativos hay en realidad. De hecho, hay controversia sobre si habría que entrevistar a la población aleatoriamente o si habría que seleccionar la muestra (como en los estudios dialectales), o sobre qué cuenta como hablante nativo del aragonés (por ejemplo si lo entiende y no lo habla), lo que dice mucho de cómo están las cosas.

Normalmente, el tratamiento varía en función del diagnóstico, y quizá eso explique por qué no hay acuerdo entre los especialistas en el asunto que nos ocupa. Yo soy de la opinión de que la interposición de una norma común aragonesa entre las variantes existentes penosamente conservadas y la norma común actual (el español que estamos leyendo) no disminuirá el uso de la última y acelerará el declive de las primeras. Mi sensación es que en los núcleos de hablantes nativos no hay una demanda real de esa koiné, sino de respeto y apoyo a sus lenguas propias. Por ello siempre he defendido que el esfuerzo social y político debería estar en proteger y estimular la transmisión tradicional de esas lenguas naturales (donde realmente se hablan) y prestigiar y fomentar su uso en el ámbito local. Un factor crucial en esa tarea es el esfuerzo en mantener la población en su lugar de origen, estimulando el desarrollo de la economía rural y agrícola frente a la urbana y evitando así la diáspora de las nuevas generaciones.

Creo que un menor esfuerzo económico y legislativo podría ser mucho más rentable con esa estrategia, lo que no descartaría que, si los hablantes nativos así lo fueran demandando, se abordara una unificación normativa más ambiciosa. Lo que hace falta previamente a la ansiada codificación y proyección institucional y mediática de la koiné aragonesa es que haya hablantes nativos que la demanden y la creen. No se puede poner primero la lengua y después los hablantes. Bueno, se puede (como en el caso del batúa), pero no es de lo que estamos hablando. Ahí ya entramos directamente en otro tipo de acción política, lícita, pero diferente. No nos confundamos.

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