Danés, sesquilingüismo y otras patologías


Uwe-ZL

Como si fuera un torero de los de antes, Uwe Kjær Nissen se encerró con un puñado de lingüistas y estudiantes en el cuarto taller de lenguas de ZL para desgranar ante nosotros los rudimentos de la lengua de Hans Christian Andersen. El ejercicio fue, además de estimulante,
muy meritorio, ya que el joven profesor danés se sometió a la tortura de hablar del danés en español, cuando lo que hace habitualmente es hablar del español en danés.

La exposición-discusión de cuatro horas sirvió para hacernos entender por qué los noruegos dicen que el danés, más que una lengua, es una patología de la garganta. Tras una completa revisión de los contrastes entre las lenguas danesa y española a los ojos del aprendiz de una u otra, el marcador final reflejó un empate técnico, haciendo evidente de nuevo que lo que una lengua complica por un lado lo simplifica por otro.

Al margen ahora del frondoso vocalismo y de los espeluznantes compuestos del danés, había observado que en las novelas de Henning Mankell los personajes suecos pasan a Dinamarca constantemente, y allí hablan con los daneses como si nada. Las traducciones al español no reflejan qué pasa ahí, y el profesor Nissen me confirmó que, en efecto, si hablan con cierto esmero, los suecos, los daneses y los noruegos se pueden comunicar fluidamente usando cada uno su respectiva lengua. De hecho, esa es una aptitud (y actitud) que se cultiva en la escuela primaria, algo realmente admirable y saludable para lenguas tan relativamente minoritarias, y que podría servir de ejemplo para otras partes del mundo.

Creo que fue el gran lingüista norteamericano Charles F. Hockett (1916-2000) quien primero usó el término sesquilingüismo para referirse a esa situación curiosa en la que una persona, más que bilingüe (que tiene dos lenguas), tiene una lengua y media, en el sentido de que domina una y se defiende en otra. Otra interpretación del término sesquilingüismo, la que prefiero ahora, es aquella que describe la capacidad de una persona de entender una lengua aunque no pueda hablarla (también podría referirse a la capacidad de hablar una lengua y no entenderla, pero eso no suele pasar). Esa asimetría es aparentemente universal y se produce en muchos ámbitos: así, un español de Albacete puede entender bastante bien a un bonaerense, aunque no pueda hablar como él; para ese mismo albaceteño será más fácil entender el italiano o el catalán que hablarlos y, en general, a todos nos suele ser más fácil leer en una lengua que no dominamos que escribir en ella.

En un libro de hace unos años (De Babel a Penecostés. Manifiesto Plurilingüista, Horsori, Barcelona, 2006) el lingüista madrileño Juan Carlos Moreno Cabrera proponía como alternativa a la tendencia al monolingüismo de nuestro mundo actual la extensión del sesquilingüismo. Lo que proponía Moreno para preservar el plurilingüismo no era que los sistemas educativos se reformen para formar políglotas completos, pues eso no es realista ni viable, sino que se orienten hacia la comprensión de otras lenguas, especialmente las más cercanas genética y geográficamente. La idea puede parecer utópica y hasta descabellada, pero en modo alguno es así.

El punto de partida, por así decirlo, nos lo da la historia compartida. Cualquier hablante del español puede entender sin demasiado entrenamiento a un hablante del catalán, del gallego o del italiano, siempre que esté dispuesto y motivado a hacerlo. Con un poco más de motivación y entrenamiento, podrá entender a un francés, a un rumano y, claro está, con mayor entrenamiento aún, a un inglés, a un alemán, a un ruso. La idea clave es que es mucho más barato, realista y saludable formar sesquilingües que formar bilingües perfectos, por la simple razón de que es mucho más fácil y gratificante aprender a entender una lengua que aprender a hablarla perfectamente. Si, pensando en un país como España, se invirtieran el tiempo y los recursos educativos que se invierten en intentar fabricar hablantes (deficientes) de inglés en formar semihablantes (más bien oyentes) eficientes de media docena de lenguas (incluyendo el inglés), los resultados serían mucho más beneficiosos, no sólo para la causa de la preservación de la diversidad de las lenguas, sino también para el flujo de la comunicación.

Hagamos un experimento mental e imaginemos el resultado de una buena educación sesquilingüística: Juan Pérez, de Albacete, podría terminar sus estudios medios siendo capaz de entender (¡no necesariamente hablar!) catalán, gallego, inglés, francés, italiano, portugués, rumano y alemán. Y quizá, con un esfuerzo mayor y ya en función de su trayectoria profesional y vital posterior, acabaría entendiendo también el ruso o el vasco, quizá el árabe, o quizá el chino. Es importante insistir en que llegar a hablar esas lenguas correctamente podría llevar a Juan Pérez toda una vida de estudio y dedicación (sin garantías de éxito). Pero no se trata de eso. Se trata de que a Juan Pérez se le proporcionara la información básica y, sobre todo, la motivación para hacer el esfuerzo de entender a los demás en su lengua, un esfuerzo que se vería ampliamente recompensado por el esfuerzo de los demás por comprender la suya. Así, nuestro Juan Pérez hablaría en español a sus clientes ingleses y éstos le contestarían en inglés, se dirigiría en español a sus amigos de Mallorca y éstos le responderían en catalán, contestaría en español a las preguntas en italiano de sus colegas de la delegación en Milán, etc.

El hablante de una lengua minoritaria, como lo es el catalán en España, también saldría beneficiado. Lo esperable sería que Pere Mateu, de Tarragona, hablara en catalán no sólo a otros hablantes de catalán, sino también a los hablantes de español de Tarragona y a los hablantes de español y de otras lenguas del resto del país, puesto que todos entenderían el catalán (incluyendo a los Diputados del Congreso). Igualmente sería plausible que pudiera hablar en catalán a italianos y franceses, aunque quizá sería menos realista esperar que entendieran catalán los hablantes nativos del inglés o del alemán. En esos casos tendría que usar una lengua distinta, como el inglés o el español (¡o el chino!). Pero los hablantes nativos de lenguas minoritarias ya saben que tienen que adquirir cierta destreza activa en alguna lengua que tenga más probabilidad de ser comprendida, es lo habitual. El sesquilingüismo no implicaría la renuncia a hablar otras lenguas sino que, al contrario, lo estimularía.

¿Utópico? Quizá sí, pero divertido de imaginar.

Uwe, tak for i går!

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