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Lingüística cognitiva de la buena

emociones caras

Reconozco que nunca me ha gustado la lingüística cognitiva. Y también reconozco que no la conozco en profundidad. Dicho esto, debería callarme humildemente, pero no puedo dejar de intentar explicar(me) la siguiente contradicción: por qué, a pesar de que no me gusta la lingüística cognitiva, me encantó la charla que nos regaló en Zaragoza Lingüística Cristina Soriano (del Swiss Center for Affective Sciences de Ginebra) el pasado miércoles.

A favor de que me gustara están, claro, la solvencia, la profesionalidad y la mucha pasión con las que la Dra. Soriano nos presentó su investigación sobre la denominación y la conceptualización de las emociones. Fue un ejercicio de auténtica divulgación científica presentando de manera clara, coherente y sugestiva un trabajo interdisciplinar realizado con una metodología impecable y con unos resultados muy interesantes. Pero hay algo más. Nada de lo que oí incomodó al guardián de la lingüística chomskiana que me habita. Y eso requiere explicación.

Hay varias razones por las que el cuerpo me pide rechazar la lingüística cognitiva. Una de ellas (admito que no muy racional) es que parece estar diseñada para llevar la contraria a todo lo que dice Chomsky. Y en efecto, muchas introducciones a la lingüística cognitiva parece que se hacen listando los postulados contrarios a los que (real o supuestamente) defiende la gramática generativa (solo dos muestras: la Wikipedia española y la página de la International Cognitive Linguistics Association).

La razón principal (y menos visceral) es que en lingüística cognitiva se funden entre sí en un complejo entramado nociones que, aunque íntimamente relacionadas, deberían abordarse por separado, tales como la gramática y la cognición, la forma y el sentido, la estructura y la función, o el conocimiento y el uso. De esta aproximación profusamente no discreta emerge una visión del lenguaje humano esencialmente incompleta, porque se deja en el camino lo esencial: la investigación de su estructura interna. Ello provoca a su vez una visión muy superficial (e incorrecta, en mi opinión) de qué son las lenguas naturales, que quedan caracterizadas como constructos culturales externos al cerebro (en tanto que son colectivos) que estarían formados por colecciones de construcciones (emparejamientos de forma y sentido no composicional), que a su vez moldean los sistemas de conocimiento (“la cognición”) de las mentes que las adquieren.

Ya hace años que escribí que en controversias de este tipo es poco probable que todos los tontos estén en un bando y todos los listos en el otro, especialmente porque en ambos lados hay cientos de personas inteligentes y solventes investigando. Pero me ha costado tiempo encontrar una explicación a la disparatada situación de este rincón de la ciencia que llamamos lingüística.

Gracias a ocasionales discusiones con mi compañera Iraide Ibarretxe y, más puntualmente, a aportaciones en ZL como las de Luna Filipovic y esta más reciente de Cristina Soriano, he aprendido a entender que en realidad la lingüística formal y la cognitiva no son incompatibles, sino que simplemente tienen objetos de estudio diferentes. La incompatibilidad sobreviene cuando no acertamos a comprender que, aunque las denominemos igual (lenguaje, lenguas), estamos estudiando cosas distintas o, quizá, dimensiones distintas de las mismas cosas. No me es fácil explicar esto mejor porque yo mismo no lo tengo muy claro. Pero lo intentaré.

Es cierto que las lenguas humanas son constructos culturales que se transmiten de generación en generación, es cierto que están formadas por colecciones más o menos estructuradas de construcciones y también lo es que influyen en cómo los grupos humanos que las hablan representan, entienden y experimentan el mundo y la vida. Pero también es cierto que las lenguas no son solo eso. Definirlas así es extirparles su núcleo esencial, el motor computacional que explica por qué son como son, por qué las aprendemos y por qué nos sirven para lo que nos sirven.

En el modelo formalista chomskiano una lengua es una conexión específica entre (i) un sistema conceptual-intencional, (ii) un sistema computacional y (iii) un sistema sensoriomotor. El sistema computacional produce incesantemente (incluso cuando dormimos) estructuras complejas por medio del emparejamiento binario y jerárquico de elementos del sistema conceptual (léxicos y funcionales), con la única restricción aparente del tamaño de la memoria de trabajo.

La conexión entre el sistema conceptual-intencional y el sistema computacional proporciona pues una máquina de crear conceptos nuevos a partir de conceptos creados a partir de conceptos, etc. Llamemos “pensamientos” a esas estructuras recursivas. Para nosotros eso es lenguaje, aunque aún no ha salido del cerebro y tiene un uso esencialmente interno.  Según especulaciones antiguas, otros atributos humanos como la música y las matemáticas serían deudores de ese mismo sistema computacional que nos hace humanos.

Otro logro evolutivo notable de nuestra especie (probablemente posterior) es el haber terminado conectando esa máquina de generar nuevos conceptos con los sistemas sensoriomotores, y ahí es donde el lenguaje se convierte en lenguas. La conexión del lenguaje interno (la sintaxis en sentido estricto en la jerga generativista) con los obviamente preexistentes sistemas motores y perceptivos (articulatorio-auditivo en el caso normal) permite la “externalización” del lenguaje, esto es, permite que las computaciones sintácticas, convenientemente “aplastadas” y fragmentadas, se traduzcan a representaciones fonológicas que convertimos en movimientos musculares y, ulteriormente, en sonidos (o signos, en el caso de los sordos).

A partir de ese momento, los fragmentos básicos de derivación sintáctica que se emparejan a representaciones fonológicas estables (las “palabras”) se añaden al sistema computacional y, al poderse externalizar, se comparten entre cerebros, esto es, se hacen públicos y, por tanto, se sumergen en la cultura de los grupos humanos. Por su parte, las sociedades humanas construyen todavía más capas de cultura en torno a esos sistemas de conocimiento naturales y les añaden normas, convenciones, tradiciones escritas y textuales, esto es, las cultivan. Mi amigo y maestro Juan Carlos Moreno y yo hemos escrito un libro sobre cómo desentrañar ese complejo de naturaleza y cultura que es cada lengua, que pronto verá la luz.

Por todo ello, sería inadecuado decir que una lengua es simplemente una sofisticada colección de emparejamientos de significado y significante, no porque no lo sea, sino porque eso es solo la piel, la cáscara externa de una lengua. Si extirpamos a las lenguas su núcleo formal común estaremos autorizados a decir que son profundamente distintas, pero las estaremos mutilando gravemente obviando la masa de hielo sumergida.

Ahora es más fácil entender por qué me gustó tanto la sugerente presentación de Cristina: porque no me quería convencer de que una lengua es lo que no es, sino porque estudiaba con detalle empírico y metodología adecuada cómo se relacionan las partes variables y culturalmente dependientes de esos sistemas de conocimiento que llamamos lenguas con otros aspectos de la cultura y la cognición de los seres humanos. Para mí, esa es lingüística cognitiva de la buena.

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El relativismo no es inocuo

Miembros de la comunidad Piraha

Miembros de la comunidad Piraha

La lingüista brasileña Cilene Rodrigues cuenta en su perfil de Facebook una anécdota terrible en sí misma, pero maravillosa para un divulgador de la ciencia del lenguaje. Relata Cilene que una estudiante suya, al volver de Piquiá, una aldea del pueblo Pirahã de la cuenca amazónica brasileña, le dijo que aunque los pirahã querían tener una escuela en su aldea, el gobierno local había construido escuelas en todas menos en la suya. Cuando se preguntó a un responsable por semejante decisión, al parecer respondió que “no tiene sentido hacer una escuela para los pirahã, ya que son incapaces de aprender nada”.

Quien conozca el nombre de esta tribu amazónica o el del mediático lingüista Daniel Everett no necesita seguir leyendo para entender por qué la anécdota es a la vez terrible y maravillosa. El resto, puede continuar.

Decía Steven Pinker que la idea de que la lengua que hablamos condiciona nuestro pensamiento es una “estupidez convencional”: “una afirmación (…) que todo el mundo se cree porque recuerda vagamente haberla oído mencionar y porque presenta implicaciones muy serias”. La razón de tan radicales (pero atinadas) palabras estriba en la necesidad de combatir la creencia, tan profundamente arraigada en la cultura general (y aun en muchos especialistas), de que al igual que los seres humanos estamos fragmentados en miles de comunidades lingüísticas, también estamos compartimentados en miles de visiones del mundo, en miles de maneras de percibir y comprender la realidad.

Como es bien sabido, una de las causas principales de la concepción innatista del lenguaje de Noam Chomsky y su tradición (incluyendo a Pinker) es precisamente la necesidad de explicar cómo los seres humanos, a pesar de desarrollarnos en entornos cambiantes, variados y confusos, tendemos a converger en los sistemas de conocimiento que obtenemos, singularmente en el caso del lenguaje. La propuesta chomskiana de que bajo esa llamativa convergencia reside un restricto y uniforme condicionamiento natural ha soportado estupendamente el paso del tiempo y, una vez que se ha desembarazado del geneticismo propio de la época de su formulación, sigue siendo un modelo científico inspirador y estimulante.

Sabemos que las razas humanas no existen. Es verdad que podemos hacer grupos de personas si nos fijamos en rasgos determinados, como el color de la piel o del cabello, la forma de la nariz o de los párpados. Todos ellos son rasgos muy visibles y notorios, precisamente porque son superficiales. A nadie se le ha ocurrido nunca (imagino) clasificar los seres humanos por el tamaño del páncreas o por la longitud total del intestino delgado, aunque igualmente podría hacerse y tendría el mismo valor científico que la clasificación por razas: ninguno.

Lo que nos ha enseñado el modelo chomskiano del lenguaje es que las lenguas humanas, a pesar de sus diferencias superficiales, muy visibles y notorias, son en realidad muy semejantes desde el punto de vista estructural. Si hay algo del lenguaje que influye en el pensamiento, que sin duda lo hay, es su dimensión estructural profunda (su sistema computacional, en la jerga de ahora), pero esa dimensión es la misma en todas las lenguas, es común al lenguaje humano porque no es cultural, sino natural. Como también relata Pinker, cuando contemplaba a los aborígenes australianos explicando con aspavientos su primer encuentro con los blancos, percibía claramente que, tras su oscura piel y su impenetrable lengua, sus mentes eran las mismas que la suya.

Sin embargo, como también es bien conocido, esta no es una visión totalmente aceptada en el ámbito de la lingüística profesional. La concepción universalista del lenguaje siempre ha sido contestada por la tradición funcionalista y, más recientemente, por la llamada lingüística cognitiva. Desde estos ámbitos se ha reactivado el mito relativista de que no existen universales lingüísticos y de que cada lengua tiene sus propias categorías y propiedades.

Y aquí es donde toman protagonismo Everett y la lengua pirahã. Everett (2005) sostiene que en dicha lengua no aparece el rasgo que, precisamente, es uno de los rasgos centrales y definitorios de la sintaxis humana en la concepción chomskiana: la recursividad. En el modelo chomskiano el núcleo de la facultad humana del lenguaje es el sistema computacional que nos permite incrustar estructuras recursivamente, de manera que una oración puede ir dentro de una oración (Te dije que había visto que Luis había venido) o un sintagma nominal puede ir dentro de otro (La hija de la vecina de mi hermana), dando lugar a un sistema combinatorio irrestricto y, potencialmente, infinito.

Según Everett los piraha tienen una “restricción cultural” que limita la comunicación a la experiencia inmediata de los interlocutores. Esa restricción sería la causa de otros rasgos culturales de este pueblo, tales como la ausencia de mitos de creación y de ficción, la ausencia de arte, el monolingüismo o la ausencia de memoria colectiva más allá de las dos generaciones anteriores. Yendo todavía más lejos, Everett propone que ese perfil cultural tiene efectos en la lengua hablada por ese pueblo, de manera que en la misma, aparte de no haber recursividad, no hay números ni cuantificadores, no hay términos de color y posee el inventario de pronombres más reducido posible.

Everett presenta esta lengua como un argumento empírico en contra de una facultad  del lenguaje biológica o naturalmente determinada e, indirectamente, como un argumento a favor del relativismo. Por su parte, Andrew Nevins, David Pesetsky y la propia Cilene Rodrigues (2007) emplearon la mejor descripción que existe de esa lengua (¡la que hizo años antes el propio Everett!) para argumentar detalladamente que no es cierto que en esa lengua no haya recursividad (en particular el caso más notorio, como es la existencia de oraciones incrustadas). De hecho, la posible ausencia de subordinación formal podría interpretarse como una ausencia de gramaticalización de la parataxis, algo relativamente común en las lenguas y que en modo alguno prueba que en las mentes de los hablantes no exista la capacidad computacional en cuestión.

Everett (2007) se defiende explicando que esa descripción la hizo cuando creía en la Gramática Universal chomskiana y que esa teoría le hizo forzar los datos (inconscientemente) para que encajaran en la misma. Y aduce que después, liberado de esa persuasión formalista, interpreta los datos de otra manera. Cabe preguntarse, dada su demostrada y confesa capacidad de adecuar los datos a las teorías en las que cree, cómo sabemos que no es ahora, cuando no cree en la Gramática Universal, cuando está forzando los datos (inconscientemente) para que encajen en sus nuevas convicciones. No deja de ser curioso que, como relata el mismo Everett, cuando fue a la Amazonia lo hizo como misionero cristiano (y entonces creía también en Chomsky), mientras que ahora es ateo (y tampoco cree en la Gramática Universal).

En cualquier caso, lo pertinente ahora es que la noción puramente cultural del lenguaje que subyace a esta postura relativista no solo podría tener efectos nefastos para la ciencia del lenguaje (sobre todo porque reintroduce en escena la posibilidad teórica de la existencia de lenguas -y de mentes- primitivas), sino porque, de ser cierto lo que relata la anécdota (algo cuestionable teniendo en cuenta que no se debe confiar mucho en las motivaciones que alegan los políticos para explicar por qué no hacen lo que debieran), podría ser dañina para las personas.

Máster de Lingüística Clínica

Nos ha llegado información de este estupendo Máster de Lingüística Clínica, organizado por la Universidad Católica Portuguesa y en el que colabora la UNED, por lo que existe la posibilidad de realizarlo de manera no presencial.

Echadle un vistazo si estáis pensando en realizar un máster de especialización en lingüística. El plazo de matrícula ya está abierto y se mantendrá hasta el 19 de julio.

Más información en:

http://www.ics.lisboa.ucp.pt/site/custom/template/ucptpl_fac.asp?SSPAGEID=934&lang=1&artigoID=500

Algo más sobre la revitalización del aragonés (y prau)

Considérense dos opciones, A y B:

A. Existen variedades aragonesas (cheso, benasqués, etc.) en serio peligro de extinción. No hay que hacer nada al respecto, dejemos las cosas como están y en unas pocas generaciones ya no vivirán hablantes nativos de las mismas y habrán desaparecido (y además, habría que alegrarse, porque todo el mundo debería hablar español y solo español).

B. Existen variedades aragonesas (cheso, benasqués, etc.) en serio peligro de extinción. Dichas variedades son un patrimonio cultural de primer orden y la sociedad aragonesa debería protegerlas, así como defender los derechos lingüísticos de sus hablantes. Sin embargo, es cuestionable que este objetivo se pueda conseguir con la elaboración e instauración oficial de una koiné pan-aragonesa y sería más efectivo fomentar y apoyar el uso y la transmisión de dichas variedades en las zonas en las que se hablan.

En mi anterior entrada al respecto defendí con mis mejores argumentos (atinados o no) la opción B, tal y como había hecho en el pasado en artículos de revistas y de prensa. Sin embargo, buena parte de los comentarios que se han hecho a dicha propuesta (véanse) me han tratado como si hubiera defendido la opción A. Así, por defender B se me ha dicho literalmente que soy una persona indigna, se ha cuestionado mi capacidad docente, mi estatus de profesor universitario y mi objetividad como científico, se me ha acusado de facha y de nacionalista español y hasta (yendo incluso más allá de lo que describe la ya indefendible opción A) de conspirar para intentar provocar la desaparición del aragonés (!).

Anticipaba esto en mi entrada original y decía que me daba risa, por no decir ganas de llorar, pero es más bien lo último, porque me quedé corto al calibrar el grado de fanatismo y de incapacidad de discernimiento de algunas personas.

Tales reacciones solo tienen dos explicaciones: o bien sus autores no son capaces de distinguir entre A y B, o bien simplemente no han leído el texto con detenimiento y lo han comentado basándose en otros indicios o en prejuicios. Sospecho que lo segundo es lo más probable, pero me preocupa más que haya personas que, habiendo leído la propuesta, sigan interpretando A donde pone B.

Como no quiero cuestionar la capacidad cognitiva de nadie, colijo que si alguien lee B pero entiende A es porque establece la siguiente deducción: sin una koiné pan-aragonesa es imposible preservar el aragonés, luego el que rechaza la confección e instauración de la koiné, en realidad será culpable de la desaparición del aragonés (y además es un facha españolista). Dejo a los lógicos la finura del silogismo y de su conclusión; lo relevante es que la premisa principal es obviamente cuestionable, y eso es en lo que yo entraba (insisto, con razón o sin ella), pues es una cuestión estrictamente empírica. Dicha premisa, sin embargo, es considerada por algunos como si fuera revelación divina, lo que automáticamente lleva a quien la cuestiona al estatus de hereje (¡viva la ciencia!).

Mi diagnóstico de la situación lingüística y sociolingüística actual de las variedades aragonesas me lleva a pronosticar que el tratamiento más adecuado es el descrito (sucintamente) en B y que la opción de la koiné es poco realista, y que incluso tendría un efecto deletéreo en lo poco que se conserva de la tradición lingüística de los valles del alto Aragón. En mi opinión, pues, la situación B está en conflicto con la opción C, que se supone que es la que defienden quienes me insultan en sus comentarios:

C. Existen variedades aragonesas (cheso, benasqués, etc.) en serio peligro de extinción. Dichas variedades son un patrimonio cultural de primer orden y la sociedad debería protegerlas, así como defender los derechos lingüísticos de sus hablantes. Este objetivo solo se puede conseguir con la elaboración e instauración oficial de una koiné pan-aragonesa.

El que quiera ver ideología política en la preferencia por B o por C es simplemente un necio (a no ser que entienda A por B, en cuyo caso tiene un problema de comprensión lectora, claro). La controversia entre las opciones B y C es la habitual en la arena científica y académica de cualquier tipo (o en cualquier consulta médica o despacho de ingeniería) y su resolución implica simplemente examinar nuevos y mejores datos de los que en la actualidad tenemos y analizarlos adecuadamente.

Lo que creo que realmente explica la acritud de los comentarios en reacción a mi defensa de B (o sea, lo que explica por qué algunos leyendo B entienden A) es mi afirmación de que, si estoy en lo cierto en mi diagnóstico (que bien podría no estarlo), entonces la opción C tiene peligro de convertirse en la opción D:

D. Existen variedades aragonesas (cheso, benasqués, etc.) en serio peligro de extinción, etc. El objetivo de protegerlas solo se puede conseguir con la elaboración e instauración oficial de una koiné pan-aragonesa, y aunque los hablantes nativos no usaran nunca esa variedad, daría lo mismo, porque la usarán los neohablantes y se habrá instaurado oficialmente una nueva lengua aragonesa, compensando así la injusticia histórica de la desaparición de la antigua.

No afirmo que todo el que apoya la opción C en realidad desee la opción D (sería el mismo pecado que he señalado en mis críticos), pero sí sospecho que algunos de los que me han insultado en este blog lo han hecho porque tampoco son capaces de distinguir entre C y D. Yo sí.

Cuatro cosas sobre la revitalización del aragonés

 

Varietats_lingüístiques_de_l'AragóEn uno de los comentarios a mi anterior post sobre el catalán de Aragón, Marco Antonio Joven (MAJ) me pide que me “moje” sobre el aragonés, en concreto acerca del debatido asunto de la creación de una norma estándar común para los diversos dialectos aragoneses supervivientes en el alto Aragón. En mi respuesta a su comentario le indicaba que ya me había pronunciado públicamente al respecto y, además del enlace al texto, ofrecía muy sintéticamente una visión de cuáles son las principales diferencias entre los dos lenguas (aragonés y catalán) que, en mi opinión, justifican un abordaje distinto en cada caso. MAJ responde prolija y documentadamente con datos y observaciones que pretenden quitar peso a las razones aducidas y, a la vez, apoyar la creación de una norma estándar aragonesa. La presente entrada pretende contestar a dicho comentario y -con la brevedad e informalidad propia de este género- exponer las razones por las que creo que la creación de una koiné aragonesa es una tarea poco viable y, por tanto, innecesaria.

Nótese bien que he escrito poco viable e innecesaria, no imposible. Por supuesto que es posible crear una norma común aragonesa. Hay, de hecho, varias en el mercado, solo hay que buscar un poco. El problema es que los hablantes nativos que quedan de los diversos dialectos aragoneses no las usan, o lo hacen muy minoritariamente. Mi impresión (siento no tener datos objetivos y estoy dispuesto a rectificar si alguien me los presenta) es que esas koinés, en las que se escriben páginas web, revistas, carteles, programas informáticos y no poca literatura de creación, son usadas mayoritariamente por hablantes nativos monolingües del español -muchos de ellos de procedencia urbana-, entusiastas de su tierra y del aragonés. ¿Hay algo de malo en ello? Por supuesto que no, pero creo que se puede opinar que la creación y fomento de una koiné para uso preferente de neohablantes bienintencionados no debería ser un objetivo político y presupuestario prioritario de nuestra comunidad. Se suele acusar de imperialista del español (o simplemente de facha) al que piensa así, lo que me da risa, por no decir ganas de llorar.

Ciertamente, la normalización y la creación de una variante estándar es una poderosa herramienta para la preservación de lenguas minorizadas, desprestigiadas o recluidas al ámbito familiar. Señala MAJ en su extenso comentario que “para su supervivencia […] el aragonés debe tener la misma presencia (sino más, dentro de un plan de discriminación positiva, tal y como se aplicó en su día con el francés en Quebec) que el español en aquellas zonas en las que se habla tal lengua, y los cimientos para ello son la educación, los medios de comunicación y la administración”. Que el aragonés normalizado tenga la misma o más presencia que el español en esos ámbitos es una pretensión quizá ilusionante, pero ilusoria. Si eso es un requisito para la preservación, la batalla está perdida de antemano.

Insisten siempre los partidarios de esta estrategia en la comparación con otros casos, como el francés québécois de la cita. Pero no hay comparación posible. Cuando tratamos de la realidad y no de modelos teóricos, las escalas son importantes. En Quebec hay 8 millones de hablantes nativos de una lengua de la dimensión cultural y mediática del francés, mientras que en el alto Aragón hay, como mucho, unos pocos miles de hablantes nativos (aceptemos la cifra de 11.000, que me parece inaceptable) que usan variantes aragonesas en un ámbito esencialmente doméstico y local.

Ante la acusación que solemos hacer los detractores de la koiné aragonesa de que esta es una mezcla arbitraria y artificial de soluciones de las diversas variantes (que lo es), los partidarios suelen aducir, también con razón, que las normas estándar de las lenguas son siempre artificiales. Pero hay matices importantes. La creación de una norma estándar no siempre es tan artificial como da a entender mi comentarista. Lo normal, históricamente, es que sea un proceso natural de expansión de una variante sobre las demás por la pujanza política, cultural o económica de sus hablantes (así sucedió con el dialecto castellano en el español, con el dialecto oriental en el catalán, con el dialecto de Tokio en el japonés, con el toscano en el italiano o con el dialecto de la Isla de Francia en el francés, por mencionar casos bien conocidos). Una vez que una variante ha adquirido prestigio sobre las demás, normalmente eliminándolas, se emplea como modelo para la normalización y regulación (para que se me entienda mejor: la norma culta castellana es muy anterior a la fundación de la Real Academia Española que supuestamente la limpia, la fija y le da esplendor). Por supuesto que esas normas cultas estándar, como todas las normas lingüísticas, son artificiosas y no naturales, y nadie las tiene como idiolecto materno, sino que se aprenden con instrucción y práctica, y se acaban dominando o no, algo que no sucede con la lengua natural que todos hablamos por instinto.

Cuando este proceso de establecimiento de una norma común no sucede espontáneamente (como en el caso del aragonés), una actuación de política lingüística puede acelerar el proceso e implementar una norma común confeccionada ad hoc: tal es el caso cercano y bien conocido del euskera batúa. Pero de nuevo la comparación, aparentemente más atinada, hace aguas, en lo sociopolítico y en lo lingüístico. Políticamente no hay ninguna duda de que el pueblo vasco es mucho más nacionalista e independentista que el aragonés. Por tanto, es lógico -dentro de la lógica nacionalista- que el español no pueda servir como norma estándar para los hablantes de los dialectos vascos (al menos oficialmente), dado que desde el punto de vista nacionalista una lengua propia no es solo un legado cultural, sino también un factor de diferenciación del resto. Pero no estábamos hablando de nacionalismo aragonés, creo, sino de preservación de lenguas. Es lícito opinar que, puestos a perder la variedad propia, es mejor hacerlo a favor del aragonés normalizado que del español, pero no es menos lícito pensar que esa es una opinión razonable solo desde un cierto punto de vista nacionalista, además de poco realista. Desde el punto de vista lingüístico, la situación también es incomparable. El vasco es una lengua no indoeuropea, radicalmente diferente del español. Demasiado distinta del español como para que éste pueda servir de norma culta respecto de aquel.

Sin embargo, las variedades aragonesas son muy parecidas al español. Tantos siglos de influencia han hecho que, especialmente en los últimos cien años, las variedades lingüísticas aragonesas se hayan literalmente impregnado de español. MAJ se esfuerza en mostrar que los diversos dialectos aragoneses no son tan distintos entre sí como yo daba a entender. Pues bien, todo lo que se diga para argumentar que los distintos dialectos aragoneses son muy parecidos entre sí se puede decir para argumentar que también se parecen mucho al español (porque los hablantes, a diferencia de los expertos, no son sensibles a la filiación genética de las formas lingüísticas). De hecho, podría argumentarse que en términos estrictamente sincrónicos muchos de los que los más optimistas consideran hablantes de alguna variedad del aragonés, son en realidad hablantes de una variedad de español trufado de rasgos aragoneses. Esa es la cruda realidad. Aunque en términos filogenéticos las variantes aragonesas que perduran no son dialectos del español, sino ramas paralelas del tronco común proto-romance, técnicamente se han convertido en variantes aragonesas de un sistema complejo en el que el español funciona como la norma común. Lo que ahora llamamos español ha funcionado como norma estándar para los hablantes patrimoniales del aragonés desde al menos el siglo XV, no solo para tratar con los extranjeros, sino con los propios aragoneses y sus instituciones. No he leído ningún argumento sólido de por qué debería dejar de serlo, ni soy capaz de imaginar ningún escenario en el que eso fuera medianamente factible.

Y aquí está la clave de la discrepancia que nos ocupa, en el diagnóstico de la situación lingüística actual del aragonés. Debe tenerse muy presente que el diagnóstico (en ambos bandos) es necesariamente incompleto y subjetivo, puesto que, aunque parezca mentira, carecemos de un estudio riguroso y contrastado empíricamente de cuántos hablantes nativos hay en realidad. De hecho, hay controversia sobre si habría que entrevistar a la población aleatoriamente o si habría que seleccionar la muestra (como en los estudios dialectales), o sobre qué cuenta como hablante nativo del aragonés (por ejemplo si lo entiende y no lo habla), lo que dice mucho de cómo están las cosas.

Normalmente, el tratamiento varía en función del diagnóstico, y quizá eso explique por qué no hay acuerdo entre los especialistas en el asunto que nos ocupa. Yo soy de la opinión de que la interposición de una norma común aragonesa entre las variantes existentes penosamente conservadas y la norma común actual (el español que estamos leyendo) no disminuirá el uso de la última y acelerará el declive de las primeras. Mi sensación es que en los núcleos de hablantes nativos no hay una demanda real de esa koiné, sino de respeto y apoyo a sus lenguas propias. Por ello siempre he defendido que el esfuerzo social y político debería estar en proteger y estimular la transmisión tradicional de esas lenguas naturales (donde realmente se hablan) y prestigiar y fomentar su uso en el ámbito local. Un factor crucial en esa tarea es el esfuerzo en mantener la población en su lugar de origen, estimulando el desarrollo de la economía rural y agrícola frente a la urbana y evitando así la diáspora de las nuevas generaciones.

Creo que un menor esfuerzo económico y legislativo podría ser mucho más rentable con esa estrategia, lo que no descartaría que, si los hablantes nativos así lo fueran demandando, se abordara una unificación normativa más ambiciosa. Lo que hace falta previamente a la ansiada codificación y proyección institucional y mediática de la koiné aragonesa es que haya hablantes nativos que la demanden y la creen. No se puede poner primero la lengua y después los hablantes. Bueno, se puede (como en el caso del batúa), pero no es de lo que estamos hablando. Ahí ya entramos directamente en otro tipo de acción política, lícita, pero diferente. No nos confundamos.

La importancia de llamarse catalán: lingüística y política a propósito de una decisión equivocada

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La aprobación de la nueva versión de la Ley de Lenguas de Aragón ha tenido una notable repercusión en los medios y en las redes sociales, fundamentalmente por su decisión de referirse al catalán de Aragón como la lengua aragonesa propia del área oriental (LAPAO), esto es, de escamotear el término catalán en la denominación de lo que se habla en dicha área.

A mí, personalmente, no me ha sorprendido ni la decisión de las Cortes de Aragón (apoyada por la derecha política, el PP y el PAR) ni, por supuesto, la airada reacción en contra de las restantes fuerzas políticas aragonesas (más o menos de izquierdas). Tampoco me ha sorprendido, de hecho la comparto, la desaprobación de cuantos lingüistas profesionales se han pronunciado al respecto. Pero lo que menos me ha sorprendido es la también airada reacción de los nacionalistas catalanes, que han visto en ello un ataque a la unidad de su lengua (quizá muchos de los que ahora se rasgan las vestiduras deberían revisar sus críticas al “imperialismo” del Instituto Cervantes o de la Real Academia Española en lo que respecta a la unidad de la lengua española).

En esta breve reflexión me gustaría intentar separar (en la medida en que ello sea posible) la ideología política de la lingüística, para intentar comprender mejor qué hay detrás de cada una de esas reacciones.

Pero primero unos hechos básicos para centrar la discusión. Todos los seres humanos hablamos nuestro propio idiolecto. Cuando los idiolectos de varias personas son muy similares, decimos que hablan el mismo dialecto (o la misma variedad). Cuando los dialectos de varios grupos son muy similares, decimos que hablan la misma lengua. Nadie habla una lengua directamente, sino (simplificando) un idiolecto que pertenece a un dialecto que pertenece a una lengua. Los dialectos son grupos de idiolectos similares y las lenguas son grupos de dialectos similares. No hay más misterio. A nadie se le ocurre poner un nombre a los idiolectos (necesitaríamos al menos tantos nombres como personas), pero sí es útil poner nombre a los dialectos y a las lenguas, al menos desde que el primer grupo de humanos se encontró con otro que hablaba diferente.

El criterio lingüístico para determinar si dos dialectos forman parte de la misma lengua o de dos lenguas distintas se basa esencialmente en el grado de semejanza y en el origen histórico (que suele ser la fuente de la semejanza, aunque no exclusivamente). Empleando con los estándares habituales el criterio de la semejanza (fonética, léxica y morfosintáctica) y el del origen histórico, no cabe ninguna duda de que lo que se habla, junto con el español, en el área oriental de Aragón es un dialecto (o más de uno) del catalán, de la misma manera que, usando los mismos criterios, cabe decir que lo que se habla en México, Colombia y Argentina (hecha excepción de las lenguas amerindias) son dialectos del español. Quien piense que la LAPAO no es un miembro del grupo dialectal catalán debería revisar su definición de qué es la lengua española, incluso dentro de la península.

Por su parte, los criterios históricos para denominar las lenguas y dialectos son variados y prolijos de repasar, pero en general se ha impuesto (en Europa al menos) el criterio territorial, de manera que se denomina a la lengua y al dialecto en función del territorio en el que viven (o del que proceden) las personas que los hablan (castellano de Castilla, catalán de Cataluña, italiano de Italia, piamontés del Piamonte, etc.).

El problema, claro, es que las fronteras entre lenguas y entre territorios no necesariamente coinciden: las fronteras entre lenguas son difusas y continuas, mientras que las fronteras políticas son precisas y arbitrarias, como las líneas sobre un mapa. Esto normalmente se resuelve ignorando la inexactitud geográfica a favor de la semejanza idiomática, de manera que hablamos del inglés en EEUU, del español en Colombia o del francés en Quebec (aunque sabemos que son dialectos en ocasiones muy diferentes de los del territorio de origen). No ha sido así en el caso de la nueva ley de lenguas aprobada por las Cortes aragonesas, que ha privilegiado el criterio territorial sobre el lingüístico: no lo llamamos catalán porque esto no es Cataluña, sino Aragón. No se pudo usar la misma estrategia de la Comunidad Valenciana (donde llaman oficialmente valencià a su dialecto del catalán) porque en Aragón también hay aragonés (variedad que filogenéticamente no pertenece ni al español ni al catalán). Pero el objetivo es el mismo: proyectar una frontera política sobre una realidad lingüística, como si pudiera haber corzos españoles y corzos franceses en el Pirineo.

¿Por qué los partidos de derechas aragoneses (y por qué muchos de los hablantes del catalán de Aragón) no quieren denominar catalán a este dialecto?

Para mí es evidente que la razón no es que crean realmente que esos dialectos no son catalanes (aunque algunos afirman creerlo), sino por una mezcla (variable en su composición) de nacionalismo aragonés, nacionalismo español y oposición al nacionalismo catalán. Esto es un conflicto de nacionalismos, no un conflicto científico sobre la filiación genética de una lengua. Los nacionalistas catalanes, que suelen incluir los territorios orientales de Aragón en sus mapas de los països catalans (asumiendo que donde se habla catalán es Cataluña), no han ayudado mucho en esto, desde luego, especialmente desde que el catalanismo se ha hecho activamente independentista.

¿Y por qué los partidos de la izquierda (incluyendo los nacionalistas aragoneses de CHA) consideran que se debe usar el criterio lingüístico y no el territorial para la denominación? Una posible respuesta es que las personas de izquierdas son más sensibles a la opinión de los expertos en clasificación genética de las lenguas que las personas de derechas, pero es poco probable que la opinión que uno tenga de la sanidad pública o privada, del libre comercio o del nivel impositivo ideal se correlacione con la capacidad de juicio racional, lo que pone de manifiesto que el criterio científico en realidad es irrelevante para unos y para otros (si te viene bien lo usas, y si no, lo ignoras). Y es lógico que así sea, puesto que en realidad la denominación científica de una lengua, aunque suela coincidir con la denominación común, es independiente de la legislación y de las denominaciones de las lenguas propuestas por los gobiernos u otras entidades administrativas (y hasta por los hablantes). Así, por mucho que la nueva ley recién aprobada escamotee el término catalán en la denominación de la lengua hablada en el área oriental de Aragón, los lingüistas la seguirán tratando a efectos de investigación y descripción como un dialecto del catalán -que es lo que es- y sus hablantes seguirán hablando dialectos catalanes, aunque sean propios de Aragón.

Es posible que si el catalán (como suma de dialectos catalanes), en lugar de catalán, se denominara, pongamos por caso, iberorromance oriental-1 nadie objetaría que al catalán de Aragón se lo denominara iberorromance oriental-1.7, pero las cosas no son así, porque las lenguas no son animales o vegetales, sino sistemas de conocimiento y de comunicación que se insertan en la identidad de las personas. Imaginemos que una administración acuerda que su variedad local de oveja no pertenece a la especie de las ovejas (Ovis orientalis) y se inventa un nombre para una nueva especie (p.e. Ovis Villabajensis). Eso es lo que ha hecho el gobierno de Aragón. El problema es que la ocurrencia con la oveja no tiene mayor repercusión que la hilaridad de los taxónomos, mientras que la ocurrencia con la lengua, a la hilaridad de los lingüistas, suma una posible afección a la vida de los hablantes. Éstos, por cierto, parecen bastante divididos al respecto, algo irrelevante para el lingüista (sería como preguntarle a la oveja a qué especie pertenece), pero que debería ser necesariamente relevante para los políticos. ¿Lo ha sido?

Los nombres de las lenguas y sus consecuencias

El pasado mes de marzo nuestro compañero, el Dr. Javier Giralt, nos dio una charla sobre la importancia de llamar a las lenguas por su nombre. Puede parecer una obviedad que sustraerle a una lengua su denominación no es gratis, pero no todos parecen ser conscientes de ello. Si la lengua pasa a llamarse de otro modo, ya no existe información sobre ella: ni gramáticas, ni métodos de estudio, ni nada. Empezamos de cero, mientras ella se muere.

Tras los últimos acontecimientos en nuestra comunidad, parece más necesario que nunca firmar el siguiente manifiesto que muchos apoyamos hace unos meses, cuando se derogó la anterior ley de lenguas. Derogación que se produjo, por cierto, antes, siquiera, de que llegara a aplicarse en su totalidad.

Si estáis de acuerdo con este manifiesto, al final de este post encontraréis el enlace para suscribirlo. También os añado el enlace a una colaboración en el Heraldo de hoy de nuestro compañero José Luis Aliaga sobre este mismo tema.

Manifiesto de la comunidad científica internacional a favor del reconocimiento y dignificación de las lenguas minoritarias de Aragón

Es como un pájaro que pierde las plumas. Ves pasar una de ellas arrastrada por el viento, y adiós: otra palabra que se ha ido.
Johnny Hill, Jr., de Parker, Arizona, uno de los últimos hablantes de “chemehuevi”

Cada dos semanas muere una lengua. Es posible que a finales de siglo hayan desaparecido casi la mitad de las cerca de 7.000 lenguas que se hablan hoy en el mundo, a medida que las comunidades abandonan sus lenguas vernáculas en favor de las mayoritarias.

En el Atlas de las lenguas en peligro del mundo de la Unesco (2010) se incluye el aragonés como una de las que se encuentran en esta situación, posiblemente una de las lenguas de la Unión Europea que presenta peor futuro para su conservación. Por su parte el catalán hablado en Aragón sufre un franco retroceso y castellanización al no disponer de instrumentos adecuados para su normalización.

En total unas 100.000 personas (un 7% de la población total de Aragón) hablan una de estas dos lenguas minoritarias, un patrimonio inmaterial de toda la humanidad de cuya conservación todos, y especialmente los gobiernos, somos responsables.

En 2009 las Cortes de Aragón aprobaron una ley de uso, protección y promoción que reconocía la existencia tanto del aragonés como del catalán y garantizaba el aprendizaje (voluntario) en la enseñanza reglada y determinados derechos de los hablantes, entre ellos el de dirigirse y ser contestados por la Administración (en determinados casos) en sus respectivas lenguas. Esta ley nunca ha llegado a ser aplicada.

El actual Gobierno de Aragón, desoyendo la normativa internacional (Declaración Universal de los Derechos Humanos, Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, Carta Europea de las Lenguas Regionales o Minoritarias…), estatal (Constitución española de 1978) y el propio Estatuto de Autonomía pretende, derogando la ley de 2009, aprobar una norma que niega la existencia tanto del aragonés como del catalán y condena a estas dos lenguas (ambas con un importante legado literario y con un interesante presente creativo) a la invisibilidad y a medio plazo a su desaparición.

Por ello, los firmantes de este manifiesto, miembros de la comunidad científica, muestran su apoyo al reconocimiento expreso del aragonés y el catalán hablado en Aragón, así como de los derechos de sus hablantes, para un desarrollo público normal de ambas lenguas, en aplicación de la legalidad internacional en esta materia y en igualdad de condiciones con el resto de las lenguas de España, Europa y el mundo.

El enlace de nuestro compañero el Dr. Aliaga en el Heraldo: http://prensa.unizar.es/noticias/1305/130522_z0_tribuna.pdf

Meramente humanos

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La sesión final de curso de Zaragoza Lingüística fue un éxito rotundo de participación y de calidad, en este caso gracias al ponente. El biolingüista (sensu stricto) Antonio Benítez Burraco expuso en unos densos pero apasionantes noventa minutos las claves esenciales para entender el problema de la evolución del lenguaje humano, así como las más prometedoras hipótesis actuales para resolverlo.

Hasta no hace tanto, el asunto de la evolución del lenguaje en la especie humana no se consideraba objeto de investigación científica, dado lo infalsable y especulativo de las muchas teorías formuladas al respecto. Es bien sabido que incluso la Société Linguistique de Paris, una institución puntera en la lingüística del siglo XIX, acordó expresamente en 1866 no aceptar comunicaciones sobre el entonces denominado problema del origen del lenguaje.

Hay muchas opiniones sobre por qué eso ha cambiado en los últimos decenios. La mía, en absoluto original, es que hoy en día asistimos a un abordaje auténticamente científico al problema porque se ha producido la necesaria conexión entre las dos disciplinas llamadas a iluminar ese ámbito oscuro de nuestro pasado como especie: la biología y la lingüística. Grosso modo, la biología es la ciencia que estudia la estructura, el desarrollo y la evolución de los órganos y organismos, mientras que la lingüística es la ciencia que estudia la estructura, el desarrollo y la evolución de las lenguas humanas. La lingüística reciente, heredera de la tradición del estudio del lenguaje como un objeto natural inaugurada por Noam Chomsky, está empezando a proporcionar una concepción de la facultad humana del lenguaje que tiene sentido para los estudiosos de la anatomía y fisiología del cerebro, de su desarrollo y de su evolución en la especie.

Una clave esencial de esa nueva concepción del lenguaje humano (aparte, por supuesto, de las teorías explícitas y empíricas sobre sus propiedades formales y estructurales) es la disociación entre, de una parte, la estructura del lenguaje y, de otra, la función o funciones para las que el lenguaje puede usarse.

Como se encargó de explicar con solvencia nuestro ponente, las dos claves para una posible explicación de la evolución del lenguaje (los dos focos de luz que despejarán las sombras que velan ese evento del pasado) son, de una parte, el determinar correctamente qué es exactamente lo que evoluciona y, de otra, entender adecuadamente cómo evolucionan las cosas que evolucionan.

Así, un obstáculo serio a un tratamiento adecuado del problema era precisamente el empeño de los investigadores en intentar establecer una historia evolutiva de los sistemas de comunicación. Pero la comunicación es un comportamiento, un uso que se hace de ciertos sistemas. Y los comportamientos no evolucionan. Lo que evoluciona son las estructuras, los tejidos y los órganos que, en su caso, se usan para ciertos fines. Decía el gran paleontólogo y divulgador Stephen J. Gould que un problema serio de su profesión era la falsa inferencia entre la forma y la función, un problema que también ha viciado seriamente nuestra disciplina.

El segundo haz de luz que Antonio Benítez proyectó apuntó directamente a la idea, adecuada pero incompleta, de que la evolución procede por ‘descenso con modificación’. En el caso de la evolución del lenguaje esta asunción simplificadora nos obligaba a concebir la evolución del lenguaje como un paulatino mejoramiento de sistemas anteriores, en contra de la evidencia notoria de que entre el lenguaje de los humanos y el del resto de organismos, actuales o extintos, hay un salto cualitativo que casi obligaba a pensar en una macro-mutación milagrosa.

La adopción de modelos evolutivos más pluralistas, incluyendo la biología evolutiva del desarrollo, junto con la eliminación del protagonismo central y exclusivo de los genes y sus mutaciones en la explicación de los cambios evolutivos, ha abierto una puerta fascinante a la comprensión de cómo pudo surgir un sistema combinatorio complejo como el que subyace a los propiedades más significativas de las lenguas humanas y que las caracteriza como objeto natural.

Lo más impresionante de todo esto es que nos sitúa en nuestro lugar en el mundo biológico sin menoscabar o ignorar nuestra singularidad cognitiva. Nuestro lenguaje no es especial ni singular, no es innatural ni puramente cultural, sino que muy probablemente es el resultado de la reordenación e interconexión de elementos homólogos a los de otras especies.

Decía el biólogo estructuralista Stuart Kauffman que la vida no reside en ninguna propiedad concreta de ninguna molécula, sino que es una propiedad colectiva de sistemas de moléculas en interacción, de manera que la vida emergió como un todo y es el sistema colectivo es el que está vivo, no sus partes. Y lo mismo parece poder decirse del lenguaje humano: sus partes aisladas, compartidas con otras especies, no dan lugar al lenguaje, no son lenguaje, pero en un momento dado, al combinarse adecuadamente en nuestros cerebros, hacen emerger un sistema que nos hace humanos, meramente humanos, pero humanos.

Danés, sesquilingüismo y otras patologías

Uwe-ZL

Como si fuera un torero de los de antes, Uwe Kjær Nissen se encerró con un puñado de lingüistas y estudiantes en el cuarto taller de lenguas de ZL para desgranar ante nosotros los rudimentos de la lengua de Hans Christian Andersen. El ejercicio fue, además de estimulante,
muy meritorio, ya que el joven profesor danés se sometió a la tortura de hablar del danés en español, cuando lo que hace habitualmente es hablar del español en danés.

La exposición-discusión de cuatro horas sirvió para hacernos entender por qué los noruegos dicen que el danés, más que una lengua, es una patología de la garganta. Tras una completa revisión de los contrastes entre las lenguas danesa y española a los ojos del aprendiz de una u otra, el marcador final reflejó un empate técnico, haciendo evidente de nuevo que lo que una lengua complica por un lado lo simplifica por otro.

Al margen ahora del frondoso vocalismo y de los espeluznantes compuestos del danés, había observado que en las novelas de Henning Mankell los personajes suecos pasan a Dinamarca constantemente, y allí hablan con los daneses como si nada. Las traducciones al español no reflejan qué pasa ahí, y el profesor Nissen me confirmó que, en efecto, si hablan con cierto esmero, los suecos, los daneses y los noruegos se pueden comunicar fluidamente usando cada uno su respectiva lengua. De hecho, esa es una aptitud (y actitud) que se cultiva en la escuela primaria, algo realmente admirable y saludable para lenguas tan relativamente minoritarias, y que podría servir de ejemplo para otras partes del mundo.

Creo que fue el gran lingüista norteamericano Charles F. Hockett (1916-2000) quien primero usó el término sesquilingüismo para referirse a esa situación curiosa en la que una persona, más que bilingüe (que tiene dos lenguas), tiene una lengua y media, en el sentido de que domina una y se defiende en otra. Otra interpretación del término sesquilingüismo, la que prefiero ahora, es aquella que describe la capacidad de una persona de entender una lengua aunque no pueda hablarla (también podría referirse a la capacidad de hablar una lengua y no entenderla, pero eso no suele pasar). Esa asimetría es aparentemente universal y se produce en muchos ámbitos: así, un español de Albacete puede entender bastante bien a un bonaerense, aunque no pueda hablar como él; para ese mismo albaceteño será más fácil entender el italiano o el catalán que hablarlos y, en general, a todos nos suele ser más fácil leer en una lengua que no dominamos que escribir en ella.

En un libro de hace unos años (De Babel a Penecostés. Manifiesto Plurilingüista, Horsori, Barcelona, 2006) el lingüista madrileño Juan Carlos Moreno Cabrera proponía como alternativa a la tendencia al monolingüismo de nuestro mundo actual la extensión del sesquilingüismo. Lo que proponía Moreno para preservar el plurilingüismo no era que los sistemas educativos se reformen para formar políglotas completos, pues eso no es realista ni viable, sino que se orienten hacia la comprensión de otras lenguas, especialmente las más cercanas genética y geográficamente. La idea puede parecer utópica y hasta descabellada, pero en modo alguno es así.

El punto de partida, por así decirlo, nos lo da la historia compartida. Cualquier hablante del español puede entender sin demasiado entrenamiento a un hablante del catalán, del gallego o del italiano, siempre que esté dispuesto y motivado a hacerlo. Con un poco más de motivación y entrenamiento, podrá entender a un francés, a un rumano y, claro está, con mayor entrenamiento aún, a un inglés, a un alemán, a un ruso. La idea clave es que es mucho más barato, realista y saludable formar sesquilingües que formar bilingües perfectos, por la simple razón de que es mucho más fácil y gratificante aprender a entender una lengua que aprender a hablarla perfectamente. Si, pensando en un país como España, se invirtieran el tiempo y los recursos educativos que se invierten en intentar fabricar hablantes (deficientes) de inglés en formar semihablantes (más bien oyentes) eficientes de media docena de lenguas (incluyendo el inglés), los resultados serían mucho más beneficiosos, no sólo para la causa de la preservación de la diversidad de las lenguas, sino también para el flujo de la comunicación.

Hagamos un experimento mental e imaginemos el resultado de una buena educación sesquilingüística: Juan Pérez, de Albacete, podría terminar sus estudios medios siendo capaz de entender (¡no necesariamente hablar!) catalán, gallego, inglés, francés, italiano, portugués, rumano y alemán. Y quizá, con un esfuerzo mayor y ya en función de su trayectoria profesional y vital posterior, acabaría entendiendo también el ruso o el vasco, quizá el árabe, o quizá el chino. Es importante insistir en que llegar a hablar esas lenguas correctamente podría llevar a Juan Pérez toda una vida de estudio y dedicación (sin garantías de éxito). Pero no se trata de eso. Se trata de que a Juan Pérez se le proporcionara la información básica y, sobre todo, la motivación para hacer el esfuerzo de entender a los demás en su lengua, un esfuerzo que se vería ampliamente recompensado por el esfuerzo de los demás por comprender la suya. Así, nuestro Juan Pérez hablaría en español a sus clientes ingleses y éstos le contestarían en inglés, se dirigiría en español a sus amigos de Mallorca y éstos le responderían en catalán, contestaría en español a las preguntas en italiano de sus colegas de la delegación en Milán, etc.

El hablante de una lengua minoritaria, como lo es el catalán en España, también saldría beneficiado. Lo esperable sería que Pere Mateu, de Tarragona, hablara en catalán no sólo a otros hablantes de catalán, sino también a los hablantes de español de Tarragona y a los hablantes de español y de otras lenguas del resto del país, puesto que todos entenderían el catalán (incluyendo a los Diputados del Congreso). Igualmente sería plausible que pudiera hablar en catalán a italianos y franceses, aunque quizá sería menos realista esperar que entendieran catalán los hablantes nativos del inglés o del alemán. En esos casos tendría que usar una lengua distinta, como el inglés o el español (¡o el chino!). Pero los hablantes nativos de lenguas minoritarias ya saben que tienen que adquirir cierta destreza activa en alguna lengua que tenga más probabilidad de ser comprendida, es lo habitual. El sesquilingüismo no implicaría la renuncia a hablar otras lenguas sino que, al contrario, lo estimularía.

¿Utópico? Quizá sí, pero divertido de imaginar.

Uwe, tak for i går!

De cómo una institución puede cerrar caminos a sus alumnos porque sí

charla-zl1 La sesión de Zaragoza Lingüística del día 17 de abril fue un éxito total de público, como se aprecia en la instantánea que acompaña a estas líneas. Se comprueba en la misma que el nutrido público (parte del cual hubo de permanecer de pie) consta mayoritariamente de jóvenes estudiantes, la mayoría de grado. No era para menos, ya que la ponente invitada hizo una presentación amena, brillante y muy informativa de en qué consiste la profesión de profesor de español como lengua extranjera.

Alicia Clavel, una profesional con muchos años de docencia de E/LE a sus espaladas y con una sólida trayectoria de formadora de profesores y de creadora de materiales docentes, desgranó ante la audiencia toda la información necesaria para iniciar -y mantener en el tiempo- una carrera profesional en el mundo de la enseñanza de lenguas: describió la formación requerida, los mejores másteres y estudios propios especializados, las actitudes y aptitudes necesarias, dónde y cómo buscar trabajo y hasta cómo y cuándo saltar al ámbito de la investigación en lingüística aplicada. Todo ello con una mezcla de pasión por la profesión y de amor por la lengua más dignas de una misionera del español que de alguien que simplemente se gana la vida (pronto en este mismo blog informaremos de la posibilidad de acceder a la grabación en vídeo del evento y el lector interesado juzgará si exagero).

Pero esa exitosa sesión tuvo además una significación notable, y hasta irónica, en el contexto del recientemente finalizado proceso de remodelación de los estudios de máster llevado a cabo por la autoridades académicas de la Universidad de Zaragoza (iniciado en junio de 2011 y resuelto en diciembre de 2012). Me voy a limitar a presentar los trazos esenciales del sorprendente proceso por el que dicha Universidad acordó no implantar un máster oficial de formación de profesores de español como lengua extranjera, frustrando así las expectativas profesionales de sus egresados. Los detalles del proceso se pueden hallar en este documento (Declaracion-publicaLGH-16-3-2013) aprobado por unanimidad por el Consejo de Departamento para expresar su protesta.

El Departamento de Lingüística General e Hispánica, al que pertenecemos los miembros del grupo Sylex, elaboró en el seno de ese proceso una propuesta de Máster de formación en ELE para cuya impartición cuenta con inmejorables perspectivas, según los indicadores aprobados por la propia Universidad: una plantilla de profesorado con acreditada y amplia experiencia en ELE (no en vano tenemos los cursos de verano de Jaca entre los decanos en España), la inexistencia de una oferta semejante en varias de las universidades más próximas a Zaragoza, la creciente demanda de este tipo de estudios y, por lo tanto, unas excelentes previsiones de matriculación. La Junta de la Facultad de Filosofía y Letras avaló el proyecto con un apoyo mayoritario y superior al recibido por el resto de propuestas.

Resultado tras casi un año sin noticias del procedimiento: rechazo inapelable de la propuesta, comunicado además solo dos días antes de que se materializara el acuerdo (tomado en Consejo de Gobierno del 13 de diciembre pasado). Ante semejante rechazo uno espera explicaciones. Por ejemplo que, dado lo limitado de los recursos, se han priorizado las propuestas mejor baremadas, las que mejor cumplían los requisitos planteados en la convocatoria, las mejor posicionadas estratégicamente, etc. Pues no, nada de eso, sino opacidad total. Simplemente, parece que ‘no tocaba’.

Ya sabemos que siempre se trata de repartir un pastel y que todos queremos una parte, pero esperamos que los criterios del reparto sean justos y transparentes, y que no parezca que todo depende de presiones y de relaciones personales. Tras la lectura del documento citado, que recomiendo vivamente, la conclusión personal a la que llego es que en este asunto las autoridades académicas de la Universidad de Zaragoza y las de su Facultad de Filosofía y Letras no han primado en su toma de decisiones el interés y beneficio de los estudiantes (a quienes se dirigen los títulos oficiales), ni la calidad y coherencia de las propuestas (pues se aprobaron algunas que estaban prácticamente sin redactar), sino que nuestros representantes se han movido en una nebulosa de factores distorsionadores, tales como, entre otros posibles, la desinformación científica y académica sobre una profesión regulada por el Consejo de Europa, la ignorancia de la demanda actual de profesores bien formados en E/LE en todo el mundo, la debilidad ante las presiones interesadas de otros grupos de poder internos y de otros departamentos del Centro, y, por qué no decirlo, una cierta desidia al tomar decisiones sin calibrar las consecuencias de las mismas para varias promociones de graduados y para la propia institución.