Meramente humanos


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La sesión final de curso de Zaragoza Lingüística fue un éxito rotundo de participación y de calidad, en este caso gracias al ponente. El biolingüista (sensu stricto) Antonio Benítez Burraco expuso en unos densos pero apasionantes noventa minutos las claves esenciales para entender el problema de la evolución del lenguaje humano, así como las más prometedoras hipótesis actuales para resolverlo.

Hasta no hace tanto, el asunto de la evolución del lenguaje en la especie humana no se consideraba objeto de investigación científica, dado lo infalsable y especulativo de las muchas teorías formuladas al respecto. Es bien sabido que incluso la Société Linguistique de Paris, una institución puntera en la lingüística del siglo XIX, acordó expresamente en 1866 no aceptar comunicaciones sobre el entonces denominado problema del origen del lenguaje.

Hay muchas opiniones sobre por qué eso ha cambiado en los últimos decenios. La mía, en absoluto original, es que hoy en día asistimos a un abordaje auténticamente científico al problema porque se ha producido la necesaria conexión entre las dos disciplinas llamadas a iluminar ese ámbito oscuro de nuestro pasado como especie: la biología y la lingüística. Grosso modo, la biología es la ciencia que estudia la estructura, el desarrollo y la evolución de los órganos y organismos, mientras que la lingüística es la ciencia que estudia la estructura, el desarrollo y la evolución de las lenguas humanas. La lingüística reciente, heredera de la tradición del estudio del lenguaje como un objeto natural inaugurada por Noam Chomsky, está empezando a proporcionar una concepción de la facultad humana del lenguaje que tiene sentido para los estudiosos de la anatomía y fisiología del cerebro, de su desarrollo y de su evolución en la especie.

Una clave esencial de esa nueva concepción del lenguaje humano (aparte, por supuesto, de las teorías explícitas y empíricas sobre sus propiedades formales y estructurales) es la disociación entre, de una parte, la estructura del lenguaje y, de otra, la función o funciones para las que el lenguaje puede usarse.

Como se encargó de explicar con solvencia nuestro ponente, las dos claves para una posible explicación de la evolución del lenguaje (los dos focos de luz que despejarán las sombras que velan ese evento del pasado) son, de una parte, el determinar correctamente qué es exactamente lo que evoluciona y, de otra, entender adecuadamente cómo evolucionan las cosas que evolucionan.

Así, un obstáculo serio a un tratamiento adecuado del problema era precisamente el empeño de los investigadores en intentar establecer una historia evolutiva de los sistemas de comunicación. Pero la comunicación es un comportamiento, un uso que se hace de ciertos sistemas. Y los comportamientos no evolucionan. Lo que evoluciona son las estructuras, los tejidos y los órganos que, en su caso, se usan para ciertos fines. Decía el gran paleontólogo y divulgador Stephen J. Gould que un problema serio de su profesión era la falsa inferencia entre la forma y la función, un problema que también ha viciado seriamente nuestra disciplina.

El segundo haz de luz que Antonio Benítez proyectó apuntó directamente a la idea, adecuada pero incompleta, de que la evolución procede por ‘descenso con modificación’. En el caso de la evolución del lenguaje esta asunción simplificadora nos obligaba a concebir la evolución del lenguaje como un paulatino mejoramiento de sistemas anteriores, en contra de la evidencia notoria de que entre el lenguaje de los humanos y el del resto de organismos, actuales o extintos, hay un salto cualitativo que casi obligaba a pensar en una macro-mutación milagrosa.

La adopción de modelos evolutivos más pluralistas, incluyendo la biología evolutiva del desarrollo, junto con la eliminación del protagonismo central y exclusivo de los genes y sus mutaciones en la explicación de los cambios evolutivos, ha abierto una puerta fascinante a la comprensión de cómo pudo surgir un sistema combinatorio complejo como el que subyace a los propiedades más significativas de las lenguas humanas y que las caracteriza como objeto natural.

Lo más impresionante de todo esto es que nos sitúa en nuestro lugar en el mundo biológico sin menoscabar o ignorar nuestra singularidad cognitiva. Nuestro lenguaje no es especial ni singular, no es innatural ni puramente cultural, sino que muy probablemente es el resultado de la reordenación e interconexión de elementos homólogos a los de otras especies.

Decía el biólogo estructuralista Stuart Kauffman que la vida no reside en ninguna propiedad concreta de ninguna molécula, sino que es una propiedad colectiva de sistemas de moléculas en interacción, de manera que la vida emergió como un todo y es el sistema colectivo es el que está vivo, no sus partes. Y lo mismo parece poder decirse del lenguaje humano: sus partes aisladas, compartidas con otras especies, no dan lugar al lenguaje, no son lenguaje, pero en un momento dado, al combinarse adecuadamente en nuestros cerebros, hacen emerger un sistema que nos hace humanos, meramente humanos, pero humanos.

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