Todo lo que quieres saber sobre ‘portavoza’ y no te atreves a preguntar


En una aportación anterior en este blog (No permita que el sexo de los árboles le impida ver el género del bosque) consideraba el asunto de la confusión entre género gramatical y sexo (o identidad de género) en relación con el uso no sexista del lenguaje, especialmente con respecto al uso del masculino genérico. No repetiré aquí las ideas y argumentos ya expuestos, pero me parece oportuno hacer unas observaciones complementarias en relación con el célebre neologismo portavoza, acuñado por la portavoz parlamentaria Dª Irene Montero en fechas recientes.

800px-Irene_Montero,_durante_la_entrevista_con_eldiario.es_(cropped)Aunque voy a intentar evadirme de los factores clave en la producción y recepción de dicho término (el activismo feminista y la ideología política) y me voy a centrar en el análisis estrictamente lingüístico del fenómeno, no puedo sustraerme de expresar el doble estupor que me ha causado la repercusión mediática del invento: por una parte, por la acerba crítica por parte de algunos y, por la otra, por la acrítica aceptación por parte de otros. Espero que esta reflexión sirva para atenuar tales extremos y proporcione herramientas analíticas más sólidas para enjuiciar los límites y el alcance del activismo aplicado a la gramática del español.

En teoría gramatical, género es el nombre que le damos a las clases de nombres (o sustantivos) en función de las variaciones que inducen en la concordancia con otras clases de palabras (principalmente adjetivos y determinantes). Por tanto, en las lenguas en las que no hay concordancia, no hay género. En inglés, por ejemplo, los nombres no tienen género porque los adjetivos y los determinantes en esa lengua no varían en función del género. Así, en español tenemos La mujer pequeña y El hombre pequeño reflejando que en español hay dos géneros (femenino y masculino), mientras que en inglés dicen The little woman y The little man, sin diferencia alguna en el determinante y el adjetivo. El género, por tanto, es una clasificación de los nombres en diversas clases formales a los meros efectos de la concordancia.

El lector sin formación en lingüística ya podía sospechar esto al advertir que en los nombres inanimados (esto es, que designan entidades sin sexo) el género en español es una propiedad caprichosa que no guarda correlación alguna con el significado del propio nombre. Así, en nuestra lengua, los nombres acabados en –a suelen ser femeninos (mesa, silla, trampa), pero no siempre (día, aroma, cisma, clima, dogma). Los nombres acabados en –o suelen ser masculinos (fuego, odio, cuerpo, libro), pero no todos (mano, libido, nao). Los acabados en –e pueden ser masculinos o femeninos (el roce, la fuente), igual que los acabados en –i o en –u (el alhelí, la bici, el ímpetu o la tribu). Los nombres acabados en consonante igualmente pueden ser masculinos o femeninos: árbol, césped, regaliz, anís o hábitat son masculinos y vocal, pared, perdiz, tortícolis o flor son femeninos. Nada hay en el significado de esas palabras que justifique su adscripción genérica.

Por otra parte, aunque hay una clara tendencia a correlacionar la terminación en –a con nombres de género femenino y la terminación en –o con nombres en género masculino, la cantidad de excepciones y la casuística brevemente repasada dejan claro que considerar que -a y -o finales son morfemas de género en los nombres es arriesgada, cuando no incoherente. La NGLE (2.3c), siguiendo tendencias recientes en morfología, sugiere al respecto que es más interesante considerar esas terminaciones como marcas de palabra (relevantes para la morfología y la fonología) y considerar que estos nombres no tienen un morfema flexivo de género, sino que poseen género inherente. Puede ser discutible, pero es relevante observar que, en rigor, donde pueden existir morfemas flexivos es en los elementos que reflejan la concordancia dictada por los nombres (y no en los nombres en sí), esto es, en los adjetivos, artículos y demás elementos adnominales que muestran concordancia. Si comparamos la expresión Todas aquellas torres blancas con Todos aquellos muebles blancos, apreciamos que la oposición -a/-o para mostrar el género es más propia de los elementos adnominales que de los propios nombres, ambos marcados con –e.

Asumiremos, por tanto, que los nombres tienen género inherente (esto es, que el género es una propiedad de toda la palabra, no de su terminación) y que solo las palabras que concuerdan (como los adjetivos) tienen morfemas flexivos de género. La razón esencial para esta propuesta es que, por definición, la variación flexiva no crea nuevas palabras, sino diferentes formas de la misma palabra. Así, claro, clara, claros y claras no son cuatro palabras distintas ni significan cosas distintas, sino que son cuatro formas de la misma palabra. Para evitar equívocos, algunos lingüistas emplean el término lexema en lugar de palabra para este último uso, de manera que diremos que en la lista anterior hay un lexema (el adjetivo que significa ‘claro’) y cuatro formas de palabra distintas (masculino singular, femenino singular, masculino plural y femenino plural, que serán seleccionadas en función de con qué nombre concuerden). Sin embargo, hombre y mujer no son dos formas de la misma palabra, sino dos lexemas distintos. Y, desde luego, no diríamos que mujer es el femenino de hombre o que hombre es el masculino de mujer como sí decimos con propiedad que claro es el masculino de clara o que clara es el femenino de claro.

Lo relevante para lo que nos interesa ahora es que lo mismo tendremos que decir entonces de niño y niña (en contra ahora de la NGLE 2.3b): no son dos formas de la misma palabra, sino dos palabras distintas, dos lexemas distintos, pues obviamente no significan lo mismo. Una niña no es un niño de género femenino, sino otra cosa distinta. Así, es importante distinguir la diferente naturaleza de -o y -a finales en niño/niña y en claro/clara. En el primer caso esos sonidos vocálicos reflejan el género al que pertenecen y en el segundo son marcas de concordancia. Solo en el segundo caso se pueden considerar morfemas flexivos. Mi colega (y, sin embargo, amigo) David Serrano-Dolader publicó una útil síntesis de esta controversia, con conclusiones diferentes a la mía (Serrano-Dolader 2010).

Lo que sostengo es que en el caso de niño la -o final es igual que la de libr-o, y en el caso de niña la -a final es igual que la de mes-a, una marca de palabra sin significado. Por tanto, como la –o de libro, la –o de niño no significa ‘varón’, sino que marca que esa palabra inducirá concordancia en masculino. Por su parte, la –a de mesa, no significa ‘hembra’, y tampoco lo hace la de niña, sino que marca que esos nombres concordarán en femenino. Si el género del nombre es inherente, no se gana nada aduciendo que esas vocales finales tienen significado en los nombres de persona y no en los nombres de cosa: más bien lo que sucede es que en los nombres de persona (y en parte de animales) sí existe una tendencia a que el género sea semánticamente interpretable (esto es, como sexo), mientras que en los nombres inanimados el género (en el caso del español) es un residuo puramente formal. Una excepción son los llamados epicenos, que aunque designan seres animados, no restringen el sexo en función del género (jirafa, tiburón, persona o bebé son algunos ejemplos).

Por supuesto, niño denota un varón (salvo que se use genéricamente) y niña denota una hembra (y por eso son dos lexemas distintos). Y obviamente no es casualidad que la palabra niño sea masculina y que la palabra niña sea femenina. Tradicionalmente, al género que incluía las palabras para designar ‘machos’ (como hombre o toro) se le llamaba ‘género masculino’ y al género que incluía palabras para designar ‘hembras’ (como mujer o vaca) se le llamaba ‘género femenino’, pero ello no significa, obviamente, que en español todas las palabras masculinas denoten ‘machos’ y que todas las palabras femeninas denoten ‘hembras’. Lo que ha hecho la lengua en este caso es emplear una misma raíz (niñ-) para crear dos lexemas distintos (niño y niña) en vez de obligar a memorizar una raíz distinta para cada género (como en los llamados heterónimos del tipo de hombre/mujer o toro/vaca). Por su parte, aunque ahora no nos concierne directamente, los morfemas de plural sí son flexivos y no inherentes (así, niño y niños son dos formas de palabra del mismo lexema y no dos lexemas distintos).

Tal y como hemos observado antes considerando los nombres inanimados, en español la marca de palabra típica para el género masculino es –o, mientras que la marca de palabra típica para el género femenino es –a: así, cuando creamos una palabra nueva que designa una mujer tendemos a poner una –a como marca de palabra (jueza, médica o los mediáticos miembra o portavoza), porque sabemos que los nombres de persona que designan mujeres, niñas y hembras en general pertenecen al género femenino (hay pocas excepciones, que son de género masculino por razones formales, como putón o mujerón) y porque sabemos además que muchas palabras femeninas llevan una –a. Pero no es el caso que tales nombres designen mujeres, niñas y hembras porque sean femeninos.

Espero que ya se vaya viendo por dónde voy: no todo nombre que designe mujeres, niñas o hembras de animales tiene que marcarse con una –a para que tenga género femenino. Lo tiene inherentemente. Veamos por qué.

Si reconsideramos solo los ejemplos de nombres inanimados vistos hasta ahora, lo que observamos es una clasificación de todos los nombres del español en dos clases a efectos de concordancia, sin correlación alguna con el significado o denotación de los nombres. Así, que un nombre sea masculino o femenino sería algo totalmente arbitrario en relación con su significado o denotación. En efecto, si esto fuera todo lo que hay, podríamos perfectamente prescindir de las confusas etiquetas “masculino” y “femenino” y romper toda conexión entre género gramatical y sexo. Y en tal caso, la palabra portavoza nunca habría sido pronunciada. Y tampoco existirían los pares niño/niña, lobo/loba o ministro/ministra. Obviamente, lo que tienen de especial estas palabras es que designan seres animados susceptibles de diferenciarse por el sexo. Y el sexo (como el alma) siempre ha interesado mucho al ser humano.

Aunque algunos autores sostienen que la asignación de género a los nombres es arbitraria e impredecible, si nos centramos en los nombres que designan personas y animales (especialmente animales domésticos o muy conocidos, cuyo sexo es relevante para nosotros), lo cierto es que el sexo tiene mucho que decir en las estrategias que las lenguas del mundo emplean para asignar el género inherente a los nombres. De hecho, según Corbett, autor de un tratado clásico sobre el género (Corbett 1991), la posibilidad de predecir el género de los nombres en las lenguas del mundo está en torno al 85%. Claro que aquí se incluyen no solo los criterios semánticos (del tipo de macho/hembra o animado/inanimado), sino también los criterios morfológicos (cuando ciertas propiedades morfológicas, como la declinación, determinan el género) o criterios fonológicos (cuando ciertos fonemas determinan el género). En todo caso, los criterios semánticos son los más extendidos y, como señala Corbett, no hay lenguas en las que los únicos criterios sean formales (esto es, puramente morfológicos o fonológicos). Es relevante recordar de nuevo que el género nominal es inherente, lo que implica que debe aprenderse de memoria. No es extraño entonces que exista una cierta motivación semántica, reforzada por motivación morfo-fonológica adicional, que facilite en las lenguas que tienen género la tarea de adquisición de ese rasgo, imprescindible para el uso del idioma. Así, la –a de niña (aunque cueste creerlo) no hace a niña femenino, pero nos recuerda que lo es a la hora de establecer concordancias.

En las lenguas del mundo el número de géneros varía desde dos (como en español) o tres (como en alemán o en latín) hasta una decena o más (en función de cómo se consideren los llamados clasificadores nominales). Los contenidos denotativos que suelen tener que ver con la asignación de género a los nombres no son arbitrarios e inmotivados, sino que parecen tener una clara base antropológica y cognitiva. Se trata de contenidos relativos a la animación, la humanidad, el sexo, o el tamaño y la forma de los objetos, aunque también hay casos de rasgos menos frecuentes, como la comestibilidad o el peligro (como recoge el célebre título de George Lakoff: Woman, Fire, and Dangerous Things, aludiendo a la denotación del género femenino en la lengua australiana dyirbal).

Como señala Corbett (de quien tomo los ejemplos siguientes), hay lenguas en las que el género de los nombres siempre es predecible a partir del significado (digamos que la asignación de género es puramente semántica). Por ejemplo en godoberi (una lengua del Cáucaso) hay tres géneros (I, II y III): al género I pertenecen todos los nombres que denotan seres racionales varones, al género II todos los nombres que denotan seres racionales de sexo femenino y al género III todos los demás. Así, cualquier palabra que denote a una mujer será femenina, independientemente de su forma morfológica y fonológica (recuérdese que esto significa simplemente que inducirá a concordancia femenina). Las lenguas no suelen ser tan simples y consistentes, incluso entre aquellas que solo usan criterios semánticos. En archi (otra lengua caucásica) hay cuatro géneros (I, II, III, y IV). Los dos primeros son como en godoberi: machos y hembras racionales (o sea, humanos y deidades, etc.) pertenecen a los géneros I y II, según el sexo. Al género III se adscriben animales domésticos y salvajes adultos, insectos, seres mitológicos, instrumentos musicales, cereales, árboles, fenómenos acuáticos y fenómenos astronómicos y meteorológicos. Al género IV pertenecen los nombres que denotan animales salvajes y domésticos jóvenes, los animales pequeños, herramientas y objetos de corte, ropas, metales, líquidos y nombres abstractos. La clave, muy brumosa, parece ser que a III pertenecen los nombres que denotan objetos concretos y grandes, mientras que a IV se asocian los que no lo son.

Junto a estas lenguas, que confían solo en criterios semánticos, encontramos otras que los complementan con criterios formales, más o menos claros. Así, en ruso la determinación de a qué género (masculino, femenino o neutro) pertenecen los nombres inanimados depende de la declinación casual a la que pertenezcan, tal y como también sucedía en latín. El español es de este tipo, en el sentido de que tiende a usar un criterio semántico para la distribución de nombres que designan personas y animales (en función del sexo), pero, en vez que asignar un género diferente a los nombres no animados (el neutro o clase III del godoberi), los distribuye en los dos primeros géneros basándose en criterios formales, tanto morfológicos como fonológicos, y una buena parte de manera arbitraria. Los detalles de este mecanismo (a veces históricamente condicionado) son complejos y, en todo caso, irrelevantes para nuestros intereses. De cualquier manera, es importante notar que es por causa de criterios formales que mesa es femenino y libro es masculino, que construcción es femenino o que mantenimiento es masculino.

Con este contexto ya estamos en mejor disposición de abordar el género de los nombres de persona (y de animales) en español y las implicaciones de neologismos como portavoza o miembra, por mencionar dos especialmente horrísonos para el hablante nativo medio (y muy mediáticos).

Según el análisis que he propuesto, no deberían existir pares del tipo niño/-a, chico/-a o lobo/-a, al menos los dos primeros, puesto que he asumido que en español los nombres de persona adquieren el género semánticamente, no formalmente, aunque puedan tener marca formal. De hecho, las lenguas se las pueden arreglar perfectamente sin esos pares. Incluso en español no es infrecuente que la misma oposición se exprese con palabras diferentes: hombre/mujer, caballo/yegua o nuera/yerno. Pero, dado que hay una tendencia paradigmática a que palabras del mismo género compartan aspectos formales (nótese que yegua y nuera acaban en –a y que caballo y yerno acaban en –o, aunque no tendrían por qué), no es extraño que, como antes adelantaba, la lengua intente utilizar óptimamente los recursos cognitivos disponibles usando pares mínimos compartiendo la misma raíz. Así, en español hay cientos de nombres de oficios o dedicaciones que muestran oposición genérica por medio de las terminaciones -o/-a (farmacéutico/-a, ginecólogo/-a, ministro/-a, etc.). Otro patrón bastante productivo en este sentido es el de nombres en –or: director/directora, doctor/doctora, lector/lectora o profesor/profesora.

Oposiciones comunes de este tipo son las que están detrás de innovaciones léxicas como la que nos ocupa. Todo parece indicar que, en el afán de hacer notorio el género femenino, la innovación pretende aplicar ese esquema a los que la gramática académica denomina nombres ambiguos o comunes en cuanto al género. Este es el caso del hasta ahora discreto término portavoz. Como todos los de su clase, este nombre tiene los dos géneros, razón por la cual los nombres de este tipo no suelen tener marca explícita de género. Es importante observar que los nombres comunes en cuanto al género son en sí mismos un poderoso recurso de las lenguas para optimizar el coste de la memorización del género inherente a los lexemas. Ejemplos típicos son el cónyuge/la cónyuge, el pianista/la pianista, el testigo/la testigo, el artista/la artista y miles más. Lo que caracteriza a estos nombres es que el género se les asigna semánticamente (en función del sexo), y no formalmente.

Aunque descriptivamente afortunada, la idea de que estos nombres tienen los dos géneros es confusa y no parece muy justificada. Quizá sería más adecuado decir que no tienen género inherente y que lo adquieren de otros elementos (explícitos o no) con los que se construyen. Así, en el par el pianista / la pianista podría ser interesante pensar que el nombre pianista se construye apuesto a un nombre con género (hombre o mujer): el hombre pianista, la mujer pianista. En tales casos la concordancia del artículo se establece con hombre o mujer, no con pianista, que no es el núcleo de la construcción. La elisión de esos núcleos sintácticos produce las formas el pianista o la pianista que motivan la denominación de nombres comunes en cuanto al género. Una forma de visualizar esto podría ser la siguiente: imaginemos que la entrada léxica de pianista representa a este nombre con una variable (x pianista) y que el uso del mismo implica que la variable x (que vendría a significar ‘persona’) tiene que estar ligada o enlazada a un tipo de persona concreta (hombre o mujer). Cuando decimos La pianista alemana hemos ligado x con ‘mujer’ (o con, por ejemplo, Alice Sara Ott), mientras que cuando decimos El pianista alemán hemos ligado x con ‘hombre’ (o, por ejemplo, con Wilhelm Kempff). De hecho, los pronombres personales (yo, , usted, me, te, etc., salvo lo, la y sus plurales) suelen considerarse de la misma naturaleza que los nombres comunes en cuanto al género (GDLE 2.4b): Me quedaré tranquilo/tranquila. Como antes, parece más adecuado decir que estos pronombres adquieren el género de otro elemento (en este caso del referente) que decir que tienen los dos géneros.

Sea como fuere, es evidente que la marca de género adicional en nombres comunes en cuanto al género es innecesaria (desde el punto de vista social) e incoherente (desde el punto de vista gramatical). Nótese que si añadimos una marca de género femenino (como se ha hecho en portavoza), en realidad estamos cancelando el doble valor genérico de esos nombres, lo que obligaría entonces a acuñar decenas (o centenares) de nuevas palabras, tales como mártira, prócera, viejalesa, vivalesa, pelagatosa, mandamasa, auxiliara, titulara, etc. (de nombres acabados en consonante) o detectiva, adlátera, amanuensa, consorta, contabla, extraterrestra, hereja, mequetrefa, pobra o tipla (de nombres acabados en –e). Todos ellos, como portavoza, suenan mal al oído del hablante nativo, precisamente porque contravienen los principios tácitos de su gramática interna, que los analiza como comunes en cuanto al género.

De hecho, la adición de –a a portavoz revela un reanálisis de ese nombre como masculino, fruto más (paradójicamente) de un prejuicio social que de una propiedad formal de la palabra (que, curiosamente, termina con una palabra de género femenino, voz). En este caso particular hay otro efecto indeseado: al adjuntar un supuesto morfema de género, se hace más opaca la estructura interna y transparente del término, un compuesto que básicamente consiste en la nominalización de una estructura verbal transitiva.

La idea de que los nombres comunes en cuanto al género en realidad no tienen género inherente viene también apoyada por la nutridísima colección de nombres de persona formados con la terminación –nte propia de formas participiales de presente del latín: agente, amante, aspirante, cantante, combatiente, concursante, donante, informante, manifestante, oyente, penitente, pretendiente, representante, simpatizante, terrateniente, viajante o viandante, entre otros muchos. Todos ellos son comunes en cuanto al género y, dada su naturaleza predicativa, firmes candidatos a ser nominalizaciones resultantes de la omisión de hombre o mujer, como el hombre aspirante o la mujer aspirante: el aspirante, la aspirante. O, si nos ha gustado lo de antes, con una variable x que se liga contextualmente determinado el género en función del sexo, algo propio de los nombres de persona.

Como señala la NGLE (2.5j), existen pares -nte/-nta, fruto del reanálisis erróneo de la forma en –nte como masculina, del tipo de cliente/clienta, dependiente/dependienta, figurante/figuranta o presidente/presidenta. A mí, personalmente, esos femeninos me suenan mal y no los usaría nunca (salvo presidenta), pero no por cuestiones ideológicas, sino por puro conservadurismo normativo. Nunca digo jueza o médica porque me suenan igual de catetos que detrás míaandaste (¡o andastes!).

El caso de presidenta, como el de jueza o médica (o el caso inverso de modisto) son ejemplos claros de que formaciones derivadas de un error de hipercorrección pueden naturalizarse y ser usadas ampliamente por parte de muchos hablantes. La lógica errónea de presidenta (la misma lógica que subyace a portavoza) y su relativo éxito debería inducir a que ese patrón se extendiera. Sin embargo, es evidente que formaciones como agenta, amanta, aspiranta, cantanta o gerenta no parecen aceptables incluso para hablantes menos escrupulosos que yo y, desde luego, no tienen uso documentado significativo. La explicación de esa limitación es, precisamente, que contradicen un patrón asentado y efectivo en español: el uso para personas de nombres comunes en cuanto al género.

He comenzado diciendo que me causaban sorpresa tanto los furibundos ataques a portavoza (y a su inventora) como la acrítica aceptación de ese engendro léxico por parte de personas formadas. De la segunda causa, no tengo nada que decir. Cada palo que aguante su vela. Pero de la primera sí.

Es sabido que la causa más extendida de todos los cambios lingüísticos son los errores cometidos por los hablantes. Una de las razones por las que el español es como es y no de otra manera es lo mal que hablaban latín los iberos y los
vascones. Las innovaciones del tipo de médica, jueza, portavoza o el inefable miembra (otro caso de nombre común en cuanto al género) son fruto de una deficiente cultura lingüística, un problema derivado de una deficiente enseñanza de la gramática en colegios e institutos. Dicha incultura puede verse complementada, en algunos casos, por la persuasión de que la marca explícita de género femenino puede ayudar a conseguir la visibilidad social de las mujeres fuera de sus roles subalternos tradicionales. Sin embargo, ninguna de esas expresiones merece ser considerada como un ataque a la lengua española (o a cualquier otra) ni, por supuesto, como una fuerza destructora. Eso es ridículo. Lo único que puede destruir una lengua es que la gente deje de hablarla, nunca que la use como le parezca oportuno.

A ver si va a ser que la indignación en nombre de la gramática es en realidad indignación por las ideas que subyacen a tan infelices propuestas o a las de quien las formula.

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Una respuesta

  1. Querido José Luis:

    Aplaudo tus reflexiones. Discrepancias quedan (tú mismo las apuntas al citar a Serrano-Dolader 2010) pero, tras leerte, ya no sé… si pienso lo que pensaba.
    ¡Seguiremos pensando! Gracias, que los pensamientos (e incluso las pensamientas) marcan el camino del lingüista.

    DaviDaviD

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