¿Hay que jubilar la Gramática Universal?


noam-chomsky_6363Cuando hace unos meses la activa e influyente fundación de divulgación científica edge.org lanzó su pregunta anual para el año 2014, en esa ocasión “What scientific idea is ready for retirement?”, juro que pensé ‘menos mal que hablan de ideas y no de personas, porque seguro que alguien pondría que a Chomsky’. Hace poco descubrí que, en efecto, alguien (Benjamin Bergen) entró al trapo y propuso como una de esas ideas merecedoras de jubilación la Gramática Universal, un concepto chomskiano por excelencia.

La verdad es que no me sorprende, ya que últimamente la venerable Gramática Universal (GU en adelante) se ha convertido en una especie de punching ball para todos aquellos investigadores y comentaristas que se oponen la visión naturalista del lenguaje planteada por Chomsky en los años cincuenta del siglo pasado.

Porque, no nos engañemos, la noción de GU en la obra de Chomsky siempre se ha referido a lo mismo, esto es, a aquellos aspectos o propiedades de la facultad del lenguaje de las personas que no proceden del entorno, sino del propio organismo. Nótese que esta es una caracterización definicional, no empírica. Así, salvo que uno piense que las lenguas humanas son objetos puramente culturales (invenciones o creaciones humanas como la poesía épica o las tradiciones gastronómicas), entidades que los cerebros pueden de alguna manera captar del entorno y usar, la GU existe por definición.

La cuestión crucial era (y sigue siendo) si la estructura íntima del lenguaje humano procede de fuera, del entorno, o de dentro, del organismo. La apuesta de Chomsky fue claramente internista y lo que combatía era precisamente eso, la concepción tradicional imperante de que las lenguas son objetos culturales, códigos compartidos externos que los individuos dotados de un cerebro lo suficientemente complejo (típicamente los seres humanos) son capaces de asimilar por exposición repetida a los estímulos del entorno. Lo que Chomsky inauguró en la lingüística moderna (cierto que enlazando con una tradición racionalista anterior) es precisamente la perspectiva cognitiva (mentalista, se decía entonces) en el estudio del lenguaje y, en general, de la mente humana.

El concepto de GU (recuérdese, como etiqueta para denominar la aportación del organismo -esto es, de la evolución natural- a la construcción del lenguaje) es por tanto consustancial a una auténtica perspectiva cognitiva del lenguaje y, en ese sentido, “injubilable”.

Lo que sí es revisable es el contenido que se pueda atribuir a la GU. A medida que vamos descubriendo qué aspectos de la estructura del lenguaje humano se pueden atribuir a la interiorización de estímulos externos o a ciertos principios generales de eficiencia computacional (o a cualesquiera otros factores), el contenido de la GU se va modificando. En el caso ideal, cuando realmente podamos saltar del nivel cognitivo al nivel puramente biológico, esto es, molecular y celular (un salto probablemente comparable en dificultad al que hay entre la física ordinaria y la mecánica cuántica), la GU desaparecerá como concepto científico útil, al haber sido reducida a una ciencia más elemental.

Pero no es eso lo que ofrecen quienes últimamente aparecen en los medios negando la existencia de la GU, ni mucho menos. Lo que ofrecen típicamente es una definición a medida e inexacta de qué es (supuestamente según Chomsky) la GU y luego se dedican a mostrar evidencia contraria. Claro que es relativamente fácil criticar la noción de GU si uno la construye a medida. Así, para muchos autores (por ejemplo Bergen) la GU consistiría en que “core commonalities across languages exist because they are part of our genetic endowment”, pero ¿cómo podría un universal lingüístico (aunque fuera indiscutido) ser parte de nuestra dotación genética? Los genes no construyen sistemas de conocimiento, ni ideas, ni conceptos; lo que construyen son proteínas, células y tejidos, que, según cómo se organicen y funcionen, restringirán o condicionarán los posibles sistemas de conocimiento.

¿Cómo podría Chomsky afirmar que hay genes gramaticales o neuronas sintácticas si no se ha puesto una bata blanca en su vida?

El informado artículo de Dabrowska (What exactly is Universal Grammar, and has anyone seen it?) es otro ejemplo de lo mismo. Ya desde el inicio afirma que la GU es un concepto sospechoso porque “there is little agreement on what exactly is in it; and the empirical evidence for it is very weak”. Pero ¿cómo puede ser débil (o fuerte) la evidencia empírica de algo que nadie sabe exactamente qué contiene? La propia autora sugiere que lo que hay que revisar es la evidencia sobre “specifically linguistic innate knowledge”. Del mismo modo, Goldberg concluye en su tendencioso post que un estudio que comenta sobre la teoría del ligamiento demuestra que no existe la GU, esto es, una suerte de “innate grammatical knowledge”, como si los tipos de expresiones anafóricas que existen en las lenguas hubieran sido seleccionadas por la evolución natural como la postura erecta o el pulgar oponible.

Y aquí, por fin, hemos dado con el nudo del asunto. El enemigo número uno de los funcionalistas y cognitivistas que con tanto ahínco combaten a los generativistas y al concepto de GU es precisamente ese: el conocimiento innato específicamente lingüístico. Resalto el sintagma porque tiene su enjundia.

Nadie parece negar que haya un sesgo biológico en los seres humanos que hace posible el desarrollo del lenguaje (porque sería disparatado hacerlo) y nadie parece negar que los seres humanos desarrollen un cierto tipo de conocimiento específicamente lingüístico. Lo que repugna entonces es la posibilidad de que haya un sesgo biológico y específicamente lingüístico. Al parecer, en algún momento Chomsky debió de decir que el órgano del lenguaje sería una especie de porción autónoma del tejido cerebral cuyo desarrollo estaría además dictado por un conjunto de genes específicamente dedicados a eso. Yo nunca lo he leído en sus obras. Sí he leído que escribió, por ejemplo, que el lenguaje bien podría ser un órgano mental “as a sytem, that is; its elements might be recruited from, or used to, other functions” (Chomsky 2004: 124). Pero si Chomsky no ha defendido eso, entonces no tiene sentido que se pretenda revelar su error señalando que no existen tales genes ni tal porción de cerebro.

Es cierto que Chomsky y otros autores generativistas han afirmado o sugerido que la GU (el sesgo innato hacia el lenguaje) estaría codificada genéticamente, pero lo hacían asumiendo la creencia común en la biología de los años 60 y 70 de que lo innato es lo genético. La biología del desarrollo ha avanzado mucho desde entonces, y también la gramática generativa. De hecho, en el modelo minimalista la GU es el remanente de lo que no se puede explicar de la estructura del lenguaje como procedente del entorno (adquisición) o como consecuencia de principios más generales que los estrictamente biológicos.

Hoy sabemos que no hay genes específicos del lenguaje, pero tampoco hay genes específicos de la visión o de la memoria, lo que no significa que estos sistemas de conocimiento (órganos mentales) no estén condicionados por los genes.

Pero lo relevante ahora es que la idea de un “conocimiento específicamente lingüístico biológicamente determinado” no es la hipótesis central de la gramática generativa, ni es el contenido de la noción de GU. Y no lo es sencillamente porque no puede serlo.

Decir que hay algo, lo que sea, que es a la vez biológico y específicamente lingüístico es tan absurdo como decir que hay algo que es a la vez eléctrico y específicamente político o algo que es electromagnético y específicamente químico. De hecho, es una contradicción en los términos, puesto que si algo es “específicamente lingüístico” no pude ser a la vez biológico, o eléctrico o químico. La noción de “a biological adaptation with specific linguistic content” (por usar la definición de lo que sería según Tomasello la GU) es simplemente un hombre de paja, un constructo imposible y aberrante que erróneamente se atribuye a toda una rama de la ciencia del lenguaje para desprestigiarla.

La gramática generativa es una disciplina lingüística (cognitiva) y, como tal, no puede hacer afirmaciones sobre el genoma y sobre el tejido nervioso (para eso hay que ponerse la bata blanca). Cuando proponemos una teoría lingüística determinada construimos un modelo teórico del sistema de conocimiento que subyace a las lenguas que estudiamos. Necesariamente consideraremos los principios que formulemos (por ejemplo, digamos la binariedad endocéntrica de las proyecciones sintácticas) como principios lingüísticos, esto es, como específicamente lingüísticos. Si, por las razones que sea, acabamos concluyendo que dicho principio no procede del entorno, lo atribuiremos a la estructura del organismo (o, por elevación, a principios físicos aún más generales que la propia biología). En el momento en el que podamos explicar ese principio específicamente lingüístico en términos, por ejemplo, neurológicos, dejará de ser específicamente lingüístico, pero no dejará de condicionar la estructura de las lenguas ni le quitará la razón a quien decía que la estructura del organismo es, en parte al menos, responsable de la estructura de los sistemas de conocimiento que construye y emplea.

No es saludable ni fértil para la ciencia del lenguaje que nos enzarcemos en falsas polémicas y nos distraigamos de cultivar nuestra dimensión del estudio del lenguaje favorita, que las hay para todos los gustos.

¿Es hora de jubilar la GU? Pues sí y no. La expresión es muy antigua (se remonta al menos a los gramáticos racionalistas franceses del siglo XVII) y puede llamar a confusión, pero no deja de ser un término técnico con sentido no literal, como el átomo o la puesta de sol. Me da la sensación de que su rechazo es más ideológico que científico. El tiempo dirá.

3 comentarios

  1. buena despedida para el verano JL

    1. José-Luis Mendívil |Responder

      Lo conozco, gracias, pero a ese tipo no quería hacerle publicidad.

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