¿Dos lenguas, dos mentes? Horrorizando a Schrödinger


Uschrodinger600no de los físicos teóricos más relevantes del siglo XX, Erwin Schrödinger, consideraba que era “obvio” que únicamente existe una consciencia humana y que la sensación que todas las personas tenemos de tener una mente propia e individual es simplemente eso, una sensación.

Admito desde ya que comparar la capacidad de comprensión del universo de Schrödinger con la mía es como comparar un transatlántico con una barca de remos, pero aún así me atrevería a cuestionar la visión del padre de la ecuación de ondas de la mecánica cuántica (por la que recibió el premio Nobel en 1933) y aferrarme a la idea, quizá patosa, de que no existe una mente humana universal, sino que cada uno de nosotros tenemos nuestra propia mente y nuestra propia consciencia del yo. Pero eso sí, solo una.

No es difícil imaginar al genio vienés revolviéndose en su tumba si pudiera leer el artículo recién publicado en Psychological Science (2015) titulado “Dos lenguas, dos mentes”, pues, de estar en lo cierto, se implicaría una proliferación extra de las mentes por encima de las personas.

Los autores del artículo, liderados por Panos Athanasopoulos (Universidad de Lancaster), se hacen eco de la célebre afirmación de Carlomagno de que hablar otra lengua es como tener otra alma y la actualizan dando a entender que hablar dos lenguas es como tener dos mentes. La frase es buena como titular (aunque no tan sugerente como la formulación de Carlomagno), pero no deja de implicar una devaluación bastante drástica de lo que habitualmente entendemos por mente y (sospecho) una visión algo simplista de las relaciones entre lenguaje y cognición.

En todo caso, la lógica de los experimentos en que se basa tal conclusión es relativamente sencilla. Se parte del hecho de que los hablantes monolingües del alemán tienden a ser más proclives a identificar un vídeo en el que alguien camina hacia un coche (pero en el que no se muestra si llega hasta él) con un vídeo en el que alguien entra en una casa, que con un vídeo en el que alguien se dirige a un lejanísimo edificio sin alcanzarlo. Ello implicaría que, ante la duda, tienden a fijarse más en el fin del evento (entrar en la casa) que en el desarrollo del mismo (caminar hacia el edificio lejano) y por ello categorizan con más frecuencia el vídeo incompleto del coche como del primer tipo. La situación inversa se produce en los hablantes monolingües de inglés, que tienden a identificar el vídeo del coche con el del lejano edificio (centrándose, pues, en el desarrollo inacabado del evento). Según los autores ello sería así porque en inglés se codifica gramaticalmente el aspecto progresivo (por ejemplo la forma en –ing del verbo) y en alemán no. Según sus datos, solo un 37% de hablantes de inglés identificó el evento del coche con el de la casa, frente a un 62% de los alemanes. Es interesante, no lo niego, pero no añade nada a la ya extendida pretensión (infundada en mi opinión) de que una mente “inglesa” pueda ser distinta de una mente “alemana”.

Lo delicado viene con los sujetos bilingües. Si una mente alemana es distinta de una mente inglesa (asumámoslo de momento) ¿cómo será la mente de un hablante bilingüe alemán-inglés? ¿O es que tendrá dos mentes?

A estas alturas está claro que ya no sabemos muy bien a qué se refiere la palabra mente, pero sigamos. Según un primer experimento descrito en el artículo, los bilingües tendían a comportarse como los monolingües, aunque con diferencias menos acusadas. Así, cuando se hacía el experimento en un contexto alemán (porque se les dan las instrucciones en alemán y tienen que responder en alemán) tienden a preferir más frecuentemente el vídeo de la casa que el del edificio como semejante al del coche, mientras que cuando actúan en un contexto inglés los mismos sujetos tienden a preferir el vídeo del edificio (que marca el evento en progreso, no completado). Aunque los autores no lo señalan, es de suponer que ese comportamiento más moderado de los bilingües es precisamente efecto de la interferencia entre las lenguas, de manera que cuando hablan alemán son menos “alemanes” que los monolingües de alemán y cuando hablan inglés son menos “ingleses” que los monolingües de inglés.

El segundo experimento es más interesante, pero mucho menos concluyente estadísticamente hablando, y mucho más farragoso en el diseño. En él se pretende “entorpecer la categorización verbalmente mediada” (¿pero no era eso lo que se quería probar?) de los hablantes bilingües haciéndoles repetir en voz alta una secuencia de números mientras realizan la misma tarea del experimento anterior (ver los tres vídeos y decidir a cuál se parece más el del coche). No se nos debería escapar que repetir números en voz alta mientras se ve un vídeo no deja de ser una tarea lingüística, pero en fin, no soy experto en eso. Según los autores, esa tarea de interferencia inhibe en los sujetos la lengua en la que se supone que están pensando (ya que las tareas no son verbales sino de visionado de vídeos) y -lo que se supone es el mayor descubrimiento-hace que entonces elijan las opciones esperables según la otra lengua. Así, cuando están haciendo el experimento en “contexto alemán” (porque les dan las instrucciones en alemán y tienen que responder en esa lengua a qué vídeo se parece más el del coche) y a la vez se les “interfiere” el alemán haciéndoles repetir números -en alemán- mientras ven los vídeos (!), resulta que tienden a elegir menos el vídeo de la casa (el favorito de los “alemanes”) y más el del edificio (el favorito de los “ingleses”). A mitad de experimento se hace un cambio, de manera que tienen que decir los números en inglés (para perturbar el acceso a esa lengua, supuestamente) y entonces resulta que tienden a elegir más como los alemanes. La explicación que ofrecen los autores es que cuando la tarea de distracción verbal interrumpe el acceso a la lengua del contexto del experimento, entonces la otra lengua, por así decirlo, toma el mando.

No voy a entrar en la cuestión de cómo se puede (si se puede) interferir el acceso al lenguaje o, como dicen los autores, a la “verbally mediated categorization”, ni voy a insistir en la aparente contradicción de asumir que se pueda “distraer” la lengua operativa o activa y asumir que a la vez la otra lengua, supuestamente inactiva, venga a suplir a la “interrumpida”, puesto que entonces no queda claro que se haya interferido realmente la categorización verbalmente mediatizada, sea eso lo que sea. Nótese que en tal caso, la misma tarea de distracción aplicada a los monolingües implicaría que no se usa ninguna lengua para hacer el test (ya que no tienen otra que la supla), lo que precisamente demuestra que la influencia de la lengua en la categorización es modesta (salvo que asumamos que entonces no hay categorización de ningún tipo, cosa absurda, ya que en ese caso los sujetos monlingües no entran en bucle, sino que identifican los vídeos, aunque usando otra cosa que no sea el lenguaje, según la lógica de los autores).

Lo que en realidad el artículo pretende haber demostrado es, pues, que los hablantes bilingües inglés-alemán tienen una categorización flexible del mundo en función de qué lengua es dominante en una determinada tarea de identificación de eventos de movimiento. Lo que llama la atención es lo de la categorización flexible. Sus conclusiones son las siguientes:

These findings show that language effects on cognition are context-bound and transient, revealing unprecedented levels of malleability in human cognition.

Pero si los efectos sobre la cognición de las lenguas que se hablan son dependientes del contexto y transitorios, creo que entonces lo que realmente se pone de manifiesto en este estudio (y en otros análogos) es que los efectos de las lenguas concretas que uno habla en la cognición son realmente débiles o superficiales, lo que, por supuesto, no permitiría hablar de una maleabilidad sin precedentes en la cognición humana. De admitir esa afirmación deberíamos entonces reconocer que el término cognición se emplea en un sentido diferente cuando se usa en el texto citado o cuando lo usamos para referirnos, por ejemplo, a la cognición humana frente a, qué se yo, la cognición felina o aviar. Quizá un problema subyacente es que se identifica la cognición con la categorización, pero eso ya es un asunto excesivamente complicado para esta ocasión y, en todo caso, lejos de mis competencias.

En cualquier caso, a la sugerencia de que los bilingües tienen dos mentes cabe oponer lo que la investigación de los últimos años en bilingüismo ha puesto de manifiesto y que resumen con detalle y rigor Judith Kroll y otros en un reciente estado de la cuestión que afirma lo siguiente:

Contrary to the view that bilingualism complicates the language system, this new research demonstrates that all of the languages that are known and used become part of the same language system.

Los bilingües, en contra de lo que se creía en el pasado, no funcionan como dos monolingües, sino que sus lenguas, incluso cuando hay cierta asimetría en su dominio, se interfieren mutuamente y, de hecho, tienden a confluir en un solo sistema de conocimiento. Incluso se ha observado (véase el ensayo de Kroll et al. para referencias) que el tejido cerebral empleado en el almacenamiento y procesamiento de las dos lenguas es esencialmente el mismo.

El cerebro bilingüe es diferente del monolingüe, pero no precisamente porque se desdoble en dos sistemas de conocimiento, sino porque desarrolla un sistema de conocimiento más complejo cuyo manejo adecuado acrecienta ciertas capacidades, exactamente igual que levantar pesas a diario nos hace crecer los bíceps.

El descubrimiento más notorio de los últimos decenios en investigación del bilingüismo es precisamente que las dos (o más) lenguas siempre están activas y se interfieren mutuamente. Da lo mismo si la L1 es muy dominante sobre la L2, si son muy diferentes en su morfología, en su fonología o en su sintaxis, si lo son ortográficamente, si una es signada y la otra oral, o incluso si una de ellas apenas se usa. El conocimiento de una segunda lengua afecta continua e incesantemente al uso de la primera y, por supuesto, el de la primera, con mucha más robustez, al uso de la segunda. Los posibles beneficios cognitivos del bilingüismo derivan precisamente de la necesidad extra del bilingüe de inhibir a una de las lenguas para usar la otra, lo que revierte en una aparente mejora en la capacidad de resolución de conflictos cognitivos (tanto en el uso del lenguaje como en otros ámbitos) e incluso aumenta la protección contra ciertos tipos de degeneración cognitiva, incluido un retraso de los síntomas de la enfermedad de Alzheimer.

El hecho de que las dos lenguas siempre estén activas y se interfieran se explica precisamente porque forman parte de un único sistema de conocimiento (el lenguaje), lo que obviamente no apoya la visión de “dos lenguas, dos mentes”, sino que, al contrario, pone de manifiesto que si hay una parte del lenguaje (y sería muy extraño que no la hubiera) que vertebra nuestra mente y nuestra consciencia, esa parte coincide esencialmente con lo que las lenguas tienen en común.

Para que el lector termine de convencerse de lo frívolo (en el uso de la palabra) que puede llegar a ser afirmar que un bilingüe tiene dos mentes, merece la pena que consideremos un ejemplo de lo contrario: una persona con una sola lengua y dos mentes distintas.

En efecto, a diferencia de lo que sucede con los sujetos bilingües, sí existen personas sobre las que se ha discutido seriamente si tienen dos mentes (esto es, si son más de una persona), y no me refiero a los cinematográficos casos de trastornos de identidad disociativa, sino a los casos de personas con sección del cuerpo calloso que une los dos hemisferios del cerebro.

Quizá el más célebre es P.S., un chaval con cerebro escindido estudiado por Gazzaniga y colaboradores (LeDoux, Wilson y Gazzaniga 1977). Aunque es un tema muy controvertido, se ha llegado a sugerir que cada uno de los hemisferios de P.S. era autoconsciente y tenía su propia mente. Lo interesante (en lo que nos afecta ahora) es que después de la operación solo el hemisferio izquierdo podría hablar, pero ambos comprendían el habla y también el hemisferio derecho empezó poder comunicarse juntando letras del Scrabble para formar palabras usando la mano izquierda. Parece que P.S. tenía, a diferencia de los pacientes examinados hasta ese momento, parte sustancial del lenguaje en el hemisferio derecho (a pesar de que no era zurdo). Lo apasionante es que el hemisferio derecho mostró tener sentimientos, saber qué día era mañana, qué profesión le gustaría ejercer (distinta de lo que declaraba el hemisferio izquierdo) y, en general, todos los atributos de una mente humana. Como señalan en su artículo clásico LeDoux, Wilson y Gazzaniga:

Each hemisphere in P.S. has a sense of the self, and each possesses its own system for subjectively evaluating current events, planning for future events, setting response priorities, and generating personal responses.

Pero lo más relevante es que el hecho de que solo en el caso de P.S. se haya detectado esa independencia cognitiva del hemisferio derecho, mientras que los hemisferios derechos de otros pacientes no revelan esa capacidad de autoconciencia (con la posible excepción de otra paciente llamada Vicki), sugiere a los autores que

the presence of a rich linguistic system is a reliable correlate, and perhaps a necessary prerequisite, to some of the richer aspects of mental life.

Resulta pues que, a la postre, sí que parece tener sentido la antigua intuición de que el lenguaje está detrás de la consciencia y de la naturaleza de la mente humana. Pero, contrariamente a lo sugerido por Athanasopoulos y colaboradores, lo que forma la trama de nuestra mente humana no son los aspectos superficiales, externalizables, del lenguaje (esto es, los aspectos sujetos a cambio histórico y por tanto a variación), sino aquellos que son comunes a todas las lenguas incluyendo, claro está, las diversas lenguas en la (única) mente de un bilingüe. Estoy convencido de que a Schrödinger le habría seducido la idea.

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