Creencias irracionales sobre el lenguaje


08-galileo-galilei-dibujoSiempre me ha inquietado que ciertas concepciones de sentido común sobre el lenguaje y las lenguas, a pesar de haber sido cuestionadas seriamente por la investigación reciente, sean tan persistentes en las ideas sobre el lenguaje de la mayoría de la población. Pero más inquietante aún es comprobar que tales prejuicios o creencias de sentido común tampoco son ajenos a muchos investigadores y lingüistas profesionales. En el primer caso se podría pensar simplemente que los lingüistas no hemos hecho un trabajo adecuado de explicación, pero en el segundo caso esa explicación no sirve, puesto que los propios investigadores parecen estar sujetos a las mismas creencias y actitudes, según su opinión porque eso es lo que también sustenta la ciencia del lenguaje. Parecería pues que hay (al menos) dos ciencias del lenguaje: la que refuerza las creencias de sentido común y la que no. Tanto en compañía (Moreno y Mendívil 2014) como en solitario (Mendívil 2014) he intentado explicar la aparente contradicción de que haya dos ciencias del lenguaje planteando que, en realidad, su objeto de estudio es distinto, de manera que ciertas tradiciones (como el funcionalismo) abordan las lenguas como constructos socio-culturales, mientras que otras (como el generativismo) las abordan como objetos naturales. No quiero volver ahora sobre eso ni repetirme más, sino añadir otro posible condimento a este extraño guiso en el que se cuece la actual ciencia del lenguaje.

Es un hecho conocido que nuestras intuiciones de sentido común revelan una visión del mundo que no coincide con la imagen del mismo que nos proporciona la ciencia, construida a través del pensamiento racional. O, en términos más claros, que las cosas no son como parecen. Así, aunque la razón nos dice que las probabilidades de que del bombo de la lotería salga la bolita con el número 00000 son las mismas que de que salga la bolita con el 34265 (exactamente 1/100.000 asumiendo que están en el bombo las bolas del 0 al 99999), casi todo el mundo cree que la segunda es más probable (de hecho, el 00000 no se suele vender). Si tenemos cinco bombos, cada uno con bolas numeradas del 0 al 9, la inmensa mayoría de la población dirá que es mucho menos probable que de cada uno salga el 0 (formando el número premiado 00000) que que obtengamos el número 34265, a pesar de que, de nuevo, los dos números tienen exactamente la misma probabilidad de aparecer (cada cifra 1/10, siendo cada extracción un suceso independiente). Estos sesgos irracionales no son exclusivos del antiintuitivo mundo de la estadística; incluso la física newtoniana clásica (por no mencionar la mecánica cuántica) los revela por doquier. Así, si preguntamos a cualquier persona no especialista qué bala llegará antes al suelo, si la que dejamos caer o la que disparamos con un fusil en un plano paralelo al suelo, la mayoría ignorará el hecho de que los dos vectores de fuerza (la horizontal del disparo y la vertical de la gravedad) son independientes y que, por tanto, tardarán lo mismo en caer, aunque una lo haga a trescientos metros de la otra.

En nuestra concepción de qué es el lenguaje y de cómo son las lenguas también intervienen inevitablemente estas soluciones provenientes del sentido común, probablemente útiles y adaptativas para la vida cotidiana pero poco fiables desde el punto de vista de la racionalidad científica. Así, puesto que los niños no saben hablar cuando nacen y al cabo del tiempo terminan hablando la lengua del entorno, nuestro sentido común nos dice que los niños aprenden las lenguas imitando la lengua de sus mayores. Falso. Puesto que -si solo hablo español- no entiendo a los que hablan en ruso o en japonés, las lenguas son profundamente diferentes. Falso. Puesto que las lenguas son profundamente diferentes, inducen a una concepción muy diferente del mundo y de la realidad en sus hablantes. Falso. Puesto que hablamos (¡y escribimos!) en una secuencia lineal, la estructura básica de la sintaxis de las lenguas es lineal o secuencial. Falso. Puesto que en algunas lenguas la morfología del verbo es muy compleja y en otras muy sencilla, entonces hay lenguas más evolucionadas (o más primitivas) que otras. Falso. Puesto que hay lenguas que son habladas por millones de personas y otras solo por centenares o decenas, hay lenguas mejor adaptadas que otras. Falso. Puesto que hay lenguas que se escriben y otras que no, hay lenguas más estables y fijas que otras. Falso. Puesto que no siempre se puede distinguir entre una palabra simple y un sintagma, la sintaxis y el léxico forman un continuum. Falso. Puesto que en algunas lenguas hay construcciones subordinadas y en otras no, la recursividad no es una propiedad común a todas las lenguas. Falso. Puesto que los sordos usan gestos visuales y no ruidos, las lenguas de signos no son arbitrarias. Falso.

En un fascinante experimento descrito en el excelente ensayo ¿Por qué tanta gente razonable duda de la ciencia? (que es el que ha motivado esta reflexión), se propuso a sujetos formados en ciencia básica que respondieran a un cuestionario acerca de hechos físicos comunes. Lo maravilloso es que al parecer se aprecian diferencias en las respuestas a preguntas como ¿Gira la tierra alrededor del sol? y ¿Gira la luna alrededor de la tierra? Aunque los sujetos en ambos casos respondían afirmativamente, lo hacían en menos tiempo cuando se les preguntaba si la luna gira alrededor de la tierra (que resulta bastante intuitivo) que cuando se les preguntaba si la tierra gira alrededor del sol (que es menos obvio, como pusieron de manifiesto los avatares del bueno de Galileo). Lo que sugiere Shtulman, el autor del estudio, es que cuando nos formamos en ciencia reprimimos nuestras creencias naturales, pero que de alguna forma permanecen ahí, interfiriendo cuando intentamos comprender el mundo.

Por supuesto, no quiero decir que las controversias sobre la naturaleza del lenguaje humano que en la actualidad aparecen en la bibliografía y en los foros lingüísticos (y que se remontan al propio surgimiento de la gramática generativa) no sean en ocasiones auténticas controversias científicas. Tampoco quiero dar a entender que los lingüistas de un bando basen su concepción en meras apreciaciones basadas en el (poco fiable) sentido común y que los del otro estén exentos de las mismas.

Pero sí me atrevo a sospechar que la incesante y pertinaz interferencia del sentido común puede tener cierto papel, además de otros muchos factores biográficos y personales, en la elección que los científicos del lenguaje tienen que terminar haciendo respecto de en qué “tribu” van a desarrollar su investigación y su reflexión sobre el lenguaje y las lenguas.

4 comentarios

  1. Sagaz comentario, sabio colega. Ergo… ¿algunas “tribus” son más perspicaces que otras? Falso. O verdadero.

    1. José-Luis Mendívil |Responder

      ¡Nooooo! Lo que digo es que ciertos atajos del sentido común pueden favorecer el atractivo de las teorías del lenguaje que más coinciden con esas conclusiones, sean correctas o incorrectas, algo que solo el tiempo dirá.

  2. aunque en muchas de las cosas que dices totalmente de acuerdo, ¿no hay demasiados falsos, mendi… ? o al menos demasiado categóricos, y la linealidad de la lengua, ¿no era ya algo pasado de moda? si no explica lo líneal que es una lengua de signos…😉

    1. José-Luis Mendívil |Responder

      Querida I.: los ‘falsos’ se refieren a la formulación literal de las ideas, que, por supuesto, siempre son matizables y quizá, analizables en componentes que sí son verdaderos. Además, el género divulgativo siempre simplifica las cosas, claro…

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