El lenguaje en los medios: relativismo del malo


LanguagesEl martes pasado cayó en mis manos un artículo publicado en el ABC (que nadie se alarme, me llegó por el eficiente gabinete de prensa de la Universidad de Zaragoza) titulado Una lengua, una conducta. Escalofrío. Leo y confirmo la impresión: un batiburrillo de tópicos y sandeces a cargo de la que parece ser una colaboradora del diario en Londres (Ana Mellado). La entradilla dice que “cada vez más expertos defienden que el idioma en el que se habla influye en la manera de ser de las personas”, pero claro, en el texto no se define qué se entiende por la “manera de ser de las personas”, ni cómo se acota o se mide tal cosa, con lo que nos quedamos como al principio: con una afirmación vacía que, eso sí, llama la atención. En un post anterior citaba la afirmación de Pinker de que la creencia de que la lengua determina el pensamiento es una “estupidez convencional” que todo el mundo acepta “porque recuerda vagamente haberla oído mencionar y porque presenta implicaciones muy serias”, y nada en el texto propuesto desmiente que no sea un ejemplo más de eso.

Como argumento de peso se citan las intuiciones de un joven políglota que habla once lenguas (entre ellas el español y el catalán) y que afirma que el español y el griego son “muy animados, alegres” mientras que el alemán y el holandés “son más formales, metódicos y reservados”. Pero, de qué habla el talentoso joven, ¿de lenguas o de personas? Las generalizaciones de este tipo cuando se habla de pueblos o de países son normalmente tópicas e infalsables, pero cuando se aplican a lenguas bucean en lo absurdo.

Los (supuestos) estudios científicos que avalarían tales afirmaciones mencionados en el texto proceden de economistas. Y esta es una tónica que está creciendo alarmantemente. Y digo alarmantemente no porque tema que los economistas nos quiten el espacio a los lingüistas, sino porque (al menos en los casos que conozco –un ejemplo-) los economistas que escriben sobre el lenguaje o las lenguas no tienen la más remota idea de qué son el uno o las otras.

¿Que exagero? Veamos algunas ideas que nuestra reportera ha captado de un artículo aparecido en The Economist o de una tal Athanasia Chalari, de la glamurosa London School of Economics. Según el primero, los hablantes bilingües que han adquirido su segunda lengua en la escuela tienden a adoptar “una actitud más relajada, espontánea y menos rígida” cuando hablan en su L1, mientras que “la segunda conlleva un proceso mental más pausado”. Toma novedad socio-psicolingüística. Parece que ni los autores originales ni su intérprete del ABC aciertan a distinguir entre, de una parte, una lengua y, de otra, las actitudes que tienen las personas hacia las lenguas (o hacia las variantes de una misma lengua) y los factores que regulan y condicionan su uso en el contexto social.

Pero la cosa puede empeorar. La autora atribuye a Chalari (no tengo tiempo ni ganas de cotejar el original) la afirmación de que “los griegos se expresan en un tono muy fuerte y se interrumpen entre sí muy a menudo, debido a su gramática y sintaxis” (¡énfasis mío!). Al parecer ello sería así porque en griego moderno “al comenzar sus frases con verbos [sic!], que incluyen siempre una gran cantidad de información, después de la primera palabra ya saben de qué se habla y se tiende a entrecortar más”. Si estuviéramos de cachondeo en un bar (y si no supiéramos que el griego no es una lengua céltica) diríamos ahora que en las lenguas de verbo al final (o al menos del tipo SOV) hay menos interrupciones, al menos hasta que aparece el verbo. No sé si la periodista (o acaso la economista) escribió bajo influjo espirituoso, pero sí afirma (no aclara de dónde lo saca) que “los alemanes creen que colocar el verbo al final de la oración otorga una apariencia más lógica al lenguaje” o que “el francés siempre ha gozado de un gran rigor y precisión”.

Normalmente me informo de los avances de la ciencia a través de las reseñas divulgativas en la prensa. Espero que los colegas de ciencias de nuestra articulista sepan mejor qué referencias reseñar y sean más capaces de comprenderlas, o al menos, que los jefes de redacción de los periódicos que leo tengan la manga menos ancha.

7 comentarios

  1. Absolutamente de acuerdo. Había oído de esta “teoría”, y me parece una gran sandez.

  2. Pues leí el artículo en The Economist (http://www.economist.com/blogs/prospero/2013/11/multilingualism?fsrc=scn%2Ffb%2Fwl%2Ftr%2Fdifferentpersonalitieslanguage) y tiene un tono mucho más escéptico. Al final es cierto que uno se siente distinto al hablar en distintas lenguas, pero eso no es razón suficiente para afirmar que el relativismo está en lo correcto, pues como dices, una cosa es la lengua y otra es la actitud que tomamos frente a las lenguas. El artículo original me parece mejor fundamentado y más serio, el del ABC es sensacionalismo puro.

    1. José-Luis Mendívil |Responder

      Muchas gracias por el link. La cosa se agrava: el artículo del ABC es en realidad una mala copia del de The Economist, con fragmentos incluso literales. Una vergüenza que alguien (no seré yo) debería hacer constar a los jefes de la autora del mismo.

  3. Alarmante que le llegue un artículo del ABC, por el medio que sea, ¿no?.

  4. Creo que en este tema hay un extenso populismo del que la mayor parte de la población se ve afectada.
    No sé desde hace cuánto se dará este fenómeno, pero veo que “últimamente” está muy de moda analizar todo lo absolutamente humano, llegando a puntos totalmente ilógicos o fuera de lugar. Un claro ejemplo es este caso.
    Creo que parte de la naturaleza del objeto que trata el artículo del ABC reside en la entonación particular de las lenguas. No me considero una defensora de este axioma, pero sí pienso que el acento característico de cada idioma nos hace pensar, de forma inconsciente, en una determina forma de ser de su población. Por eso, con esa entonación tan brusca y seca al mismo tiempo, los alemanes nos merecen la fama de personas tajantes y determinadas; los franceses, por otro lado, con esa cadencia melodiosa en su enunciación, nos parecen los más románticos del mundo; y así podríamos enumerar ejemplos para hartar. Sandeces, desde mi punto de vista.
    Pero, como he dicho, creo que es aquí donde reside la efervescencia de esa idea tan poco asentada científicamente, y no tanto en que la lengua moldea el carácter de las personas. A mí me parece un mero “estudio” sociolingüístico, pero dudo mucho que tenga algún peso a la hora de ser estudiado académicamente. Pero claro, como pasa con todo en esta vida, se acaban extrapolando las ideas, y acabamos dotando de científico meras chorradas que se inventa la gente. Vamos, es mi opinión.

  5. Un comentario respecto a lo que dices al final (“Normalmente me informo de los avances de la ciencia a través de las reseñas divulgativas en la prensa. Espero que los colegas de ciencias de nuestra articulista sepan mejor qué referencias reseñar y sean más capaces de comprenderlas, o al menos, que los jefes de redacción de los periódicos que leo tengan la manga menos ancha.”). Espero que pronto dejes de fiarte de la información científica que se publica en los periódicos, porque es alarmente el bajo nivel de conocimientos que tienen los periodistas sobre la ciencia–son periodistas los que suelen escribir de ciencia en los periódicos, y los periodistas no reciben una educación científica por regla general. Hay un muy buen libro, escrito por Ben Goldacre (“Bad Science”) que explica las consecuencias desastrosas que pueden surgir cuando uno se fía de lo que pone en los periódicos sobre temas científicos, de salud, etc.

    Por lo demás, no tengo mucho que añadir a lo que dices sobre el relativismo.

    Gracias, Luisa.

    1. José-Luis Mendívil |Responder

      Gracias, Luisa, por el comentario y por la referencia (que no conocía). Tienes razón, por supuesto. A pesar de ello, hay algunas excepciones. En la prensa anglosajona se pueden encontrar buenos divulgadores, y en español, el jefe de ciencia de El País (el que suelo leer), Javier Sampedro, es un científico de altura y muy buen periodista. Un abrazo.

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