Lingüística cognitiva de la buena


emociones caras

Reconozco que nunca me ha gustado la lingüística cognitiva. Y también reconozco que no la conozco en profundidad. Dicho esto, debería callarme humildemente, pero no puedo dejar de intentar explicar(me) la siguiente contradicción: por qué, a pesar de que no me gusta la lingüística cognitiva, me encantó la charla que nos regaló en Zaragoza Lingüística Cristina Soriano (del Swiss Center for Affective Sciences de Ginebra) el pasado miércoles.

A favor de que me gustara están, claro, la solvencia, la profesionalidad y la mucha pasión con las que la Dra. Soriano nos presentó su investigación sobre la denominación y la conceptualización de las emociones. Fue un ejercicio de auténtica divulgación científica presentando de manera clara, coherente y sugestiva un trabajo interdisciplinar realizado con una metodología impecable y con unos resultados muy interesantes. Pero hay algo más. Nada de lo que oí incomodó al guardián de la lingüística chomskiana que me habita. Y eso requiere explicación.

Hay varias razones por las que el cuerpo me pide rechazar la lingüística cognitiva. Una de ellas (admito que no muy racional) es que parece estar diseñada para llevar la contraria a todo lo que dice Chomsky. Y en efecto, muchas introducciones a la lingüística cognitiva parece que se hacen listando los postulados contrarios a los que (real o supuestamente) defiende la gramática generativa (solo dos muestras: la Wikipedia española y la página de la International Cognitive Linguistics Association).

La razón principal (y menos visceral) es que en lingüística cognitiva se funden entre sí en un complejo entramado nociones que, aunque íntimamente relacionadas, deberían abordarse por separado, tales como la gramática y la cognición, la forma y el sentido, la estructura y la función, o el conocimiento y el uso. De esta aproximación profusamente no discreta emerge una visión del lenguaje humano esencialmente incompleta, porque se deja en el camino lo esencial: la investigación de su estructura interna. Ello provoca a su vez una visión muy superficial (e incorrecta, en mi opinión) de qué son las lenguas naturales, que quedan caracterizadas como constructos culturales externos al cerebro (en tanto que son colectivos) que estarían formados por colecciones de construcciones (emparejamientos de forma y sentido no composicional), que a su vez moldean los sistemas de conocimiento (“la cognición”) de las mentes que las adquieren.

Ya hace años que escribí que en controversias de este tipo es poco probable que todos los tontos estén en un bando y todos los listos en el otro, especialmente porque en ambos lados hay cientos de personas inteligentes y solventes investigando. Pero me ha costado tiempo encontrar una explicación a la disparatada situación de este rincón de la ciencia que llamamos lingüística.

Gracias a ocasionales discusiones con mi compañera Iraide Ibarretxe y, más puntualmente, a aportaciones en ZL como las de Luna Filipovic y esta más reciente de Cristina Soriano, he aprendido a entender que en realidad la lingüística formal y la cognitiva no son incompatibles, sino que simplemente tienen objetos de estudio diferentes. La incompatibilidad sobreviene cuando no acertamos a comprender que, aunque las denominemos igual (lenguaje, lenguas), estamos estudiando cosas distintas o, quizá, dimensiones distintas de las mismas cosas. No me es fácil explicar esto mejor porque yo mismo no lo tengo muy claro. Pero lo intentaré.

Es cierto que las lenguas humanas son constructos culturales que se transmiten de generación en generación, es cierto que están formadas por colecciones más o menos estructuradas de construcciones y también lo es que influyen en cómo los grupos humanos que las hablan representan, entienden y experimentan el mundo y la vida. Pero también es cierto que las lenguas no son solo eso. Definirlas así es extirparles su núcleo esencial, el motor computacional que explica por qué son como son, por qué las aprendemos y por qué nos sirven para lo que nos sirven.

En el modelo formalista chomskiano una lengua es una conexión específica entre (i) un sistema conceptual-intencional, (ii) un sistema computacional y (iii) un sistema sensoriomotor. El sistema computacional produce incesantemente (incluso cuando dormimos) estructuras complejas por medio del emparejamiento binario y jerárquico de elementos del sistema conceptual (léxicos y funcionales), con la única restricción aparente del tamaño de la memoria de trabajo.

La conexión entre el sistema conceptual-intencional y el sistema computacional proporciona pues una máquina de crear conceptos nuevos a partir de conceptos creados a partir de conceptos, etc. Llamemos “pensamientos” a esas estructuras recursivas. Para nosotros eso es lenguaje, aunque aún no ha salido del cerebro y tiene un uso esencialmente interno.  Según especulaciones antiguas, otros atributos humanos como la música y las matemáticas serían deudores de ese mismo sistema computacional que nos hace humanos.

Otro logro evolutivo notable de nuestra especie (probablemente posterior) es el haber terminado conectando esa máquina de generar nuevos conceptos con los sistemas sensoriomotores, y ahí es donde el lenguaje se convierte en lenguas. La conexión del lenguaje interno (la sintaxis en sentido estricto en la jerga generativista) con los obviamente preexistentes sistemas motores y perceptivos (articulatorio-auditivo en el caso normal) permite la “externalización” del lenguaje, esto es, permite que las computaciones sintácticas, convenientemente “aplastadas” y fragmentadas, se traduzcan a representaciones fonológicas que convertimos en movimientos musculares y, ulteriormente, en sonidos (o signos, en el caso de los sordos).

A partir de ese momento, los fragmentos básicos de derivación sintáctica que se emparejan a representaciones fonológicas estables (las “palabras”) se añaden al sistema computacional y, al poderse externalizar, se comparten entre cerebros, esto es, se hacen públicos y, por tanto, se sumergen en la cultura de los grupos humanos. Por su parte, las sociedades humanas construyen todavía más capas de cultura en torno a esos sistemas de conocimiento naturales y les añaden normas, convenciones, tradiciones escritas y textuales, esto es, las cultivan. Mi amigo y maestro Juan Carlos Moreno y yo hemos escrito un libro sobre cómo desentrañar ese complejo de naturaleza y cultura que es cada lengua, que pronto verá la luz.

Por todo ello, sería inadecuado decir que una lengua es simplemente una sofisticada colección de emparejamientos de significado y significante, no porque no lo sea, sino porque eso es solo la piel, la cáscara externa de una lengua. Si extirpamos a las lenguas su núcleo formal común estaremos autorizados a decir que son profundamente distintas, pero las estaremos mutilando gravemente obviando la masa de hielo sumergida.

Ahora es más fácil entender por qué me gustó tanto la sugerente presentación de Cristina: porque no me quería convencer de que una lengua es lo que no es, sino porque estudiaba con detalle empírico y metodología adecuada cómo se relacionan las partes variables y culturalmente dependientes de esos sistemas de conocimiento que llamamos lenguas con otros aspectos de la cultura y la cognición de los seres humanos. Para mí, esa es lingüística cognitiva de la buena.

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