¿Cambios lingüísticos inconclusos?


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En la conferencia ofrecida por Adolfo Elizaicín en el marco de ZL, el profesor uruguayo contó una anécdota maravillosa. Estando él en un colmado en una ciudad fronteriza entre el Urugay y Brasil entró un niño preguntando ¿Tiene pan? a lo que el tendero, para sorpresa del investigador, respondió Sí, tiene (y no, Sí, tengo). Todo cobra sentido para el resto de los hispanohablantes si entendemos tiene como hay, y reescribimos el diálogo como ¿Hay pan?, Sí, hay. Lo que el ejemplo ilustra es cómo, por influencia del portugués, en el español de esa zona el verbo tener ha completado la sustitución del verbo haber iniciada en los albores de la fragmentación romance.

Lo que me llamó más la atención es que Elizaicín presentó la situación actual del español estándar, esto es, de la mayoría de variedades del español en las que haber se mantiene como el verbo de los tiempos compuestos (he comido, he venido) y como impersonal/existencial (hay), como un cambio inconcluso.

Claro, el cambio es inconcluso si consideramos el estado del español comparado con el del portugués. Así, en ambas lenguas románicas (como en tantas otras) el verbo latino de posesión habere fue sustituido tempranamente por el verbo tenere para usos estrictamente léxicos de posesión y relegó a habere a usos gramaticalizados (esencialmente la formación de los perfectos compuestos y el uso existencial). Sin embargo, en portugués (y en parte en español), el verbo tenere no se ha quedado ahí y ha avanzado más en la sustitución, reemplazándolo también en usos no posesivos, prácticamente eliminando los restos de haber de esa lengua (así en portugués actual se prefiere claramente ‘tengo leído’ a ‘he leído’ y hasta ‘tengo llegado’ a ‘he llegado’). Por decirlo así, al tener portugués le ha pasado lo mismo que le pasó al habere latino, iniciando de nuevo el proceso de gramaticalización.

Nótese que parece darse la impresión de que dado que en un caso (el portugués) se ha completado la sustitución de haber por tener, y dado que en otro caso (el español) dicha sustitución se ha hecho de manera más reducida, habría que esperar que en el segundo caso la sustitución se completara, o el cambio sería inconcluso. Por ello la noción de cambio inconcluso me parece desafortunada fuera de ese contexto relativo, porque induce al mantenimiento de prejuicios y malentendidos sobre el cambio lingüístico que deberíamos eliminar, tales como la idea de que los cambios lingüísticos tienen una finalidad, de que hay un punto de destino fijo al que las lenguas tienen que llegar, de que hay lenguas más evolucionadas o desarrolladas que otras, o de que hay lenguas que progresan (cambian) más que otras.

Sin embargo, no disponemos de ninguna evidencia empírica de que las cosas sean así: no hemos podido comprobar nunca que las lenguas del pasado (tanto las que hemos documentado como las que se han reconstruido) fueran menos eficientes, menos funcionales, más difíciles de aprender o más difíciles de procesar que las lenguas actuales y, por tanto, no tiene ningún sentido decir que los cambios son direccionales. Decía Darwin (hablando del cambio en las especies naturales) que no hay más designio en la variabilidad de los organismos y en la acción de la selección natural que el que hay en la dirección en la que sopla el viento, y lo mismo exactamente se aplica al cambio en las lenguas (como decía August Schleicher en su reseña al Origen de las especies, ‘sin necesidad de cambiar una coma’).

Como recalcó Elizaicín, el cambio lingüístico se genera en la existencia de variación y en la subsiguiente transmisión diferencial de las variantes a las generaciones posteriores y, exactamente igual, la evolución natural se basa en la existencia de variación y en la transmisión diferencial de las variantes a las generaciones posteriores. Ni en la generación de variación (sean mutaciones genéticas o reanálisis lingüísticos) ni en la selección de variantes que perduran (sea por selección natural o por selección social) existe designio, intención o planificación.

Claro que, aunque es un proceso ciego y azaroso, no es caótico ni exento de factores restrictores. De la evolución natural emerge cierto orden (la adaptación eficiente al entorno) y del cambio lingüístico también (la usabilidad de las lenguas) y precisamente de esa sensación de orden emergente (reemergente, deberíamos decir, pues en ningún caso se procede de especies ineficientes a especies eficientes, ni de lenguas ineficientes a lenguas eficientes) tenemos la tentación de extraer una explicación para los cambios, pero esa es una trampa argumental que confunde la explicación causal con la explicación final.

En biología evolutiva ya hace mucho que esa tentación pasó a la historia (fuera del contexto no científico de la llamada teoría del diseño inteligente); ya es hora de que en lingüística histórica hagamos lo mismo.

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