Lenguas, bizcochos y code talkers


navajocodetalkers

Hace ahora un año que el Smithsonian’s National Museum of the American Indian organizó en California una exposición en homenaje al papel, al parecer decisivo, de los llamados code talkers en la Segunda Guerra Mundial. La expresión code talkers se refiere al pequeño grupo de indios navajos (y de otras etnias) que el ejército estadounidense empleó en la batalla del pacífico para codificar sus mensajes. Al parecer, en una fase del enfrentamiento contra los japoneses en 1943 en torno al archipiélago de Bismark, el alto mando norteamericano detectó que diversos fracasos de sus tropas estaban relacionados con que los japoneses descifraban sus mensajes, anticipándose a sus movimientos. El uso del navajo, una lengua natural, como código de cifrado para las órdenes en inglés resistió todos los intentos de los expertos criptógrafos japoneses y contribuyó al desenlace final favorable (a los norteamericanos) en dicho episodio bélico. Lo que no suele mencionarse en las webs americanas que relatan la anécdota es que el uso de armas nucleares de destrucción masiva también tuvo algo de influencia en tal desenlace.

Pero no es el uso de esas lenguas como armas de guerra lo que motiva mi comentario, sino que al encontrar la noticia he recordado el uso que hace de ella Mark Baker en su excelente y poco conocido libro de 2001 The Atoms of Language, que no es otro que el de formular el episodio como una paradoja relacionada con uno de los asuntos centrales de la ciencia del lenguaje: la tensión entre, por un lado, la diversidad evidente entre las lenguas y, por el otro, la unicidad del lenguaje humano como facultad común y específica de la especie.

La paradoja reside en que, por una parte, el navajo tenía que ser una lengua tan extremadamente distinta del inglés (y del japonés) como para que los experimentados espías japoneses no pudieran descifrarlo (a diferencia de lo que hicieron con otros códigos artificiales), mientras que, por otra parte, el navajo tenía que ser también extremadamente parecido al inglés, pues en caso contrario los intérpretes navajos no podrían haber transmitido con precisión las órdenes proporcionadas en esta lengua por sus mandos.

La resolución de la paradoja está precisamente en la esencia (independientemente de su formulación específica) de la teoría paramétrica. Y la lógica que subyace a la teoría paramétrica es la de que la relación entre el lenguaje y las lenguas es deductiva y no inductiva. La idea es que del lenguaje se deducen las lenguas y no, como sugiere el modelo de Greenberg, que de las lenguas se induzca el lenguaje. Por tanto, los universales lingüísticos no son lo que las lenguas tienen en común, sino los principios comunes que determinan su desarrollo. Tal y como lo formula Baker (2001: 233), las lenguas son significativamente diferentes, pero conmensurables. Siguiendo una metáfora que él sugiere, podría decirse que las lenguas son como distintos tipos de bizcochos: pueden cambiar mucho en su aspecto y textura en función de la cantidad de cada ingrediente que añadamos, pero la receta es siempre la misma. Como dice Baker, ‘las estructuras de las oraciones del Mohawk son diferentes de las del japonés, que son diferentes de las del inglés, pero las diferencias son sistemáticas y predecibles’ (si conocemos la receta, claro).

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