No permita que el sexo de los árboles le impida ver el género del bosque


La Real Academia Española no es machista. Las muchas evidencias que se han aportado de lo contrario señalan, si acaso, que los miembros que han formado parte de dicha institución eran (y son) mayoritariamente varones y, con frecuencia, machistas. La RAE sería machista si su normativa impidiera el acceso de pleno derecho a las mujeres, pero no es así. El hecho de que apenas hayan accedido a la docta casa sería, por tanto, consecuencia del machismo de sus miembros, no de su regulación. De hecho, en el Estado Español actual, la única “institución” oficialmente machista es la propia Constitución Española, que establece la preferencia a la sucesión de la Corona en función de la morfología de los órganos genitales (y otros aspectos endocrinológicos) de los posibles herederos. La Iglesia Católica es también oficialmente machista, pero no es una institución del Estado, que se sepa. De la Constitución hacia abajo, todas las leyes y normativas, así como las diversas instituciones que de ellas emanan, han extirpado cualquier sesgo biológico en la selección de personas, y no hacerlo sería ilegal. Por supuesto, eso no ha conducido a la igualdad real, porque eso no depende solo de leyes y normas, sino de la actuación de las personas.

Aclarada esta obviedad, cabe preguntarse análogamente si la gramática española es machista. Este es, y no otro, el asunto que discutía Ignacio Bosque, el más brillante y reconocido gramático vivo del español, en su ya célebre informe Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer (publicado en El País el cuatro de marzo de 2012) acerca de los manuales de estilo y otros documentos sobre el uso no sexista de la lengua española. En torno a dicho informe se ha desatado una polémica en la que han intervenido numerosos lingüistas: mas de un millar que han suscrito un manifiesto en defensa de Bosque (véase en manifiestolinguistica.weebly.com) y otros muchos que han criticado el citado informe o el citado manifiesto, notoriamente los también prestigiosos catedráticos Violeta Demonte y Juan Carlos Moreno (textos accesibles en elcastellano.org). En los dos grupos hay investigadores relevantes en el ámbito de la lingüística general e hispánica, lo que permite sospechar que más que de una disputa científica, se trata en el fondo de una cuestión ideológica. Lícita, por supuesto, pero ideológica.

Nótese que la pregunta crucial a la que pretende dar respuesta Bosque no es si la lengua española es machista, sino si lo es su gramática. La diferencia es relevante, aunque quizá solo los expertos puedan apreciarla adecuadamente.

Una manera simplificada, pero suficiente, de entenderlo es considerar que hay partes del uso del lenguaje que los hablantes pueden controlar y modular, y otras que no. Por decirlo más claramente: hay aspectos del uso del lenguaje que están sujetos a la influencia del entorno cultural y social (y que son, por tanto, susceptibles de un sesgo ideológico) y otros que dependen únicamente de principios formales y generalizaciones que se desarrollaron en el cerebro de las personas cuando adquirieron su lengua materna, por debajo de su consciencia y al margen de su cultura o de su personalidad. Así, podemos intentar conseguir que alguien deje de decir palabrotas, o que se abstenga de usar tal o cual palabra en tal o cual sentido, y en ocasiones tendremos éxito, pero no será así si intentamos que alguien deje de concordar el verbo con el sujeto o que ponga los prefijos al final de las palabras (a no ser que esté aprendiendo una lengua distinta).

Dejando al margen sutilezas etimológicas, puede afirmarse que el uso de el hombre en lugar de la especie humana en expresiones como La evolución del hombre o El hombre llegará a pisar Marte refleja un sesgo sexista en el uso del español (aunque no necesariamente de la persona que lo usa, normalmente por mera imitación y costumbre). En ese ámbito la intervención es deseable y, cabe esperar, fructífera para la necesaria tarea de resaltar la visibilidad del lugar de las mujeres en los avatares de nuestra especie. Igualmente, usar el género femenino en nombres que designan personas, tales como jueza, abogada o médica puede ser un paso adelante en sacar a las profesionales cualificadas del armario, algo al menos tan lícito como en el uso normalmente no cuestionado por los censores del idioma de dependienta, cajera o limpiadora.

Sin embargo, el uso del plural masculino buenos amigos en la expresión Luisa y Pedro son buenos amigos es un ejemplo del otro caso. Decir que eso es machismo o que refleja un pasado machista o una cultura sexista porque el plural masculino oculta al femenino Luisa a favor del masculino Pedro, sería exactamente lo mismo que decir que el uso de la primera persona vendremos en la expresión Tú y yo vendremos mañana (y no Tú y yo vendréis mañana) es expresión de egoísmo o refleja una visión solipsista del mundo, porque oculta a la segunda persona del en la primera del yo.

Nadie afirma ninguna de las dos cosas, pero nótese que lo mismo se aplica sin residuo al supuesto machismo de Luisa y Pedro son buenos estudiantes y, por tanto, al supuesto machismo del uso de los estudiantes para referirse a las personas (hombres y mujeres) que estudian, los profesores para englobar a los profesores y las profesoras, etc.

En todos los casos lo que se observa es que la pronunciación de algunas palabras en español (adjetivos, verbos, artículos) requiere de información sobre ciertos rasgos de otros elementos de la oración (lo que tradicionalmente se conoce como concordancia) y que ante posibles conflictos hay principios (normalmente expresables como jerarquías) que los resuelven de forma sistemática y automática. Así, como hemos visto, una primera persona más una segunda persona dan una primera; una segunda más una tercera dan una segunda (Tú y ella vendréis y no vendrán) y un masculino y un femenino dan un masculino, y no un femenino (nótese que la expresión Luis y María son buenas amigas nos obliga a revisar nuestros supuestos culturales sobre el carácter masculino del nombre propio Luis y no aquellos que sitúan a las mujeres en un nivel inferior).

Claro que el caso del género, frente al de la persona, tiene sus complicaciones, como siempre que hay sexo de por medio (aunque los lingüistas que abordan el asunto deberían saber sobreponerse a ellas). La cosa tiene su enjundia, pero no es tan compleja como la mecánica cuántica o el plegamiento de las proteínas. De hecho, se puede explicar (con cierta simplificación) en las páginas de un periódico.

Las nombres o sustantivos, en español y en otras muchas lenguas, tienen género gramatical, de manera que mesa es femenino y reloj es masculino como un rasgo puramente formal (esto es, a efectos de concordancia), pero ni las mesas ni los relojes tienen sexo o identidad de género. Si decimos Las mesas y los relojes están rotos no estamos siendo sexistas o, al menos, nadie lo ha denunciado así, que sepamos. Simplemente se está usando el género no marcado o por defecto, el (quizá mal llamado) masculino, y no es fácil pensar en una alternativa. Alguien podría decir que el hecho de que sea precisamente el masculino y no el femenino el género por defecto es ya un rasgo de sexismo (ancestral), pero, aparte de que no hay evidencia alguna de ello, no estaría sino reconociendo la futilidad de los intentos de erradicar ese sesgo de las muchas lenguas humanas en las que uno de los géneros se usa por defecto. La clasificación de los nombres en géneros ‘masculino’, ‘femenino’ (y muchas veces ‘neutro’) es típica de las lenguas indoeuropeas (como el español, el inglés o el ruso), pero no de otras muchas familias. Cuando los lingüistas europeos empezaron a estudiar las lenguas africanas descubrieron que en muchas de ellas había ocho o nueve géneros y en muchos casos ninguno de ellos separaba ‘masculino’ de ‘femenino’, sino que un género podía incluir ‘personas (de ambos sexos)’, otro ‘frutas’, otro ‘objetos alargados’, etc. Sin embargo, no por ello hay menos machismo en África que en Eurasia ni este es más difícil de erradicar.

Por supuesto, los niños y las niñas sí tienen sexo (e identidad de género) y ahí viene el problema principal. La palabra niña es femenino, pero -aunque cueste creerlo- no lo es porque designe a mujeres, sino porque pertenece a la misma clase gramatical que mesa, puerta o biosfera. El uso de un género distinto en las palabras niño y niña es puramente diferencial, esto es, es una reutilización de una diferencia puramente formal que hace la lengua con el objeto de señalar una diferencia (muy relevante para los seres humanos) en el objeto denotado, pero no hay ninguna conexión intrínseca entre el morfema –a y el sexo femenino ni, por supuesto, entre el morfema –o y el sexo masculino.

Por eso mismo, cuando hay que designar un conjunto de niñas y de niños nos encontramos con que los hablantes sistemáticamente dicen los niños. Censurar ese uso implica que se asume que la causa de que se diga los niños y no, por ejemplo, las niñas o, como recomiendan algunos manuales, la infancia, tiene que ver con la discriminación de las mujeres (o bien se asume que ese uso contribuye a fomentar o a no superar dicha discriminación). Sin embargo, no parece que haya más razón para ello que la simple confusión entre el género gramatical y el género biológico o identitario, perdonable en los hablantes, por supuesto, pero no en los expertos. Cuando un hablante dice niñas, en realidad está extrayendo el factor común del conjunto (niña + niña + niña) y añadiendo un plural. Cuando se encuentra con el conjunto (niña + niño + niña + niño) utiliza el género no marcado en dicha operación (pues por culpa de la gramática, sección fonología, no puede decir niñ-s). Por supuesto, decir cada vez Los niños y las niñas es perfectamente lícito y gramatical, pero lo que concuerde con tal sintagma volverá a ser masculino plural (aquí ya sin opción) y (supuestamente) volverá a ocultar a las mujeres, haciendo evidente lo contradictorio e innecesario del esfuerzo requerido.

Por otra parte, cuando un texto legal dice algo como El juez deberá decidir sobre la cuestión, puede estar refiriéndose a un hombre o a una mujer, simplemente porque la palabra juez históricamente era masculina por su morfología (iudex en latín clásico) y el artículo concuerda con el nombre y no con la cosa designada, también por culpa de la gramática. Que pensemos típicamente en un hombre no es culpa del género de la palabra, sino de la sociedad en la que vivimos. Si el texto dice La autoridad competente deberá decidir sobre la cuestión probablemente también pensemos en un varón, aunque se use el género femenino (de nuevo una propiedad gramatical de la palabra autoridad, independientemente del sexo o género de la persona que la encarne).

Por supuesto, como todo en las lenguas, el género de las palabras puede variar. En español también podemos decir La juez tendrá que decidir, lo que revela que sabemos que la persona que desempeña el cargo de juez es una mujer, y que además le atribuimos a la palabra juez género femenino (probablemente porque en un nivel subyacente lo analizamos como una especie de compuesto mujer-juez, igual que cuando decimos el policía queriendo decir hombre-policía). Esto, por fin, puede consumarse en un cambio real de género gramatical: la jueza, lo que nos remite de nuevo al esquema niño-niña y, por tanto, a la conclusión de que el artículo la en la jueza no está ahí porque designe a una mujer, sino porque concuerda con una palabra que pertenece a la clase de género femenino.

No hay razones para pensar que el uso de la palabra jueza no sea una ayuda en la tarea de resaltar la visibilidad social de las mujeres y combatir así el sexismo. Pero tampoco hay razones para afirmar que las expresiones María y Pedro son jueces o Los jueces tendrán la última palabra sean sexistas, simplemente porque no lo son. En inglés, que es la lengua de la que procede la noción no gramatical de género (gender) y también la tendencia a destacar la visibilidad del género femenino en el uso del lenguaje, la marca de género masculino y femenino se reduce prácticamente al contraste entre los pronombres personales masculinos he, his, him frente a los femeninos she, her. Extrapolar o aplicar los consejos sobre el uso de esos cinco pronombres al complejo sistema de concordancias de género del español es una tarea abocada a dejar numerosos cabos sueltos y manifiestas contradicciones, una tarea absurda que, de hecho, pone en riesgo el lícito objetivo de hacer más visibles a las mujeres en el uso del lenguaje.

La principal crítica de Ignacio Bosque a los textos que analiza es precisamente la de no distinguir entre esos dos grandes tipos de fenómenos en la tarea de formular o proponer un modelo de lenguaje no sexista para los documentos oficiales y administrativos. Lo que denuncia el insigne lingüista y académico es la falta de criterio científico en el análisis del lenguaje que subyace a ciertas propuestas y las consiguientes recomendaciones de alteración (o evitación) de las reglas de la concordancia, que no solo son ineficaces por ser imposibles de llevar a cabo, sino que además podrían, por su carácter a veces risible y disparatado, perjudicar las propuestas sensatas y viables que también contienen dichos productos.

Muchos de los críticos de Bosque y del manifiesto que lo apoya se quejan amargamente (y con razón) de que flaco favor se hace a la causa de la visibilidad femenina ridiculizando las propuestas de los manuales o folletos de arbitrio de un uso no sexista del lenguaje. Hay ciertamente mucho criptomachismo detrás de bromas como Verán ustedes y ustedas, La astronauta y el astronauto o parodias del tipo de Los y las jóvenes vascos y vascas están muy contentos y contentas de ser tan majos y majas, pero ello no debería ocultar que ese no es en absoluto el caso del texto de Ignacio Bosque ni del manifiesto que lo apoya frente a la incomprensión y tergiversación que ha despertado.

¿Es sexista la lengua española? En la medida en que la expresión lengua española incluye un acervo histórico de una sociedad y de una cultura que se remonta a la antigüedad, lo es apabullantemente. El concienzudo informe de Esther Forgas, Eulàlia Lledó y María Ángeles Calero sobre el Diccionario de la RAE (accesible en mujerpalabra.net) lo puso claramente de manifiesto, aunque es algo que apenas puede sorprender, puesto que un diccionario no es sino un registro histórico del uso que los hablantes hacen de las palabras. (Solo un ejemplo para deleite de quien hasta aquí ha leído: la segunda acepción de cacatúa, aún accesible en la versión on line, dice “mujer que pretende en vano disimular los estragos de la ancianidad mediante un exceso de afeites y adornos, y con vestidos ridículamente vistosos”). Si identificamos una lengua con un diccionario de la misma, es evidente que las lenguas habladas por sociedades machistas son machistas. Cambiar algunos aspectos de esas lenguas (y de sus diccionarios) para ayudar a que las personas sean menos sexistas es factible y necesario, aunque es evidente que la mejor manera de hacer que la lengua española deje de ser machista es que lo dejen de ser sus hablantes.

Ahora bien, confundir la gramática (la sintaxis y morfología de una lengua) con las definiciones recogidas en un diccionario o con el uso de las palabras en contexto es un error inexcusable para alguien que pretende enseñar a los demás cómo usar la lengua adecuadamente. Es comprensible que personas bienintencionadas pero sin formación gramatical sólida (que es el perfil habitual de los responsables de tales manuales) cometan errores de ese tipo. Lo es menos que los soslayen quienes que sí la tienen y que critiquen a quien los señala. Serán gajes del posmodernismo.

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Una respuesta

  1. José Luis, estoy de acuerdo con tu posición. A todos los que tengan dudas sobre la separación real entre el sexo biológico y el género gramatical del español los remitiría al artículo de Harris 1991 o al de Ignacio Roca http://www.uned.es/sel/pdf/jul-dic-05/RSEL-Roca.pdf, donde se deja bastante claro. En todo caso, nunca le dejaría el asunto a ningún político o política 🙂

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